jueves, 9 de enero de 2020

El futuro de la democracia en América Latina

Sobre el tema, los invito a leer mi artículo, sea en esta entrada en el blog o en las Agencias de Noticias Uypress: https://www.uypress.net/auc.aspx?101371 o Agesor: http://www.agesor.com.uy/noticia.php?id=42704


El futuro de la democracia en América Latina

Hace casi una década, en Buenos Aires e invitado por el sociólogo y analista político argentino Gabriel Palumbo, participé como exponente en el Museo Roca de un seminario que instaba a pensar sobre el futuro de la democracia en América Latina. Tuve el gusto de compartir mesa con mi colega argentino Samuel Cabanchik (en ese entonces, Senador Nacional) y con Adolfo Zaldívar (quien por esos años era el Embajador de Chile en Argentina). El afiche de presentación de la actividad señalaba que “los procesos democráticos de América del Sur están cruzados por distintas narrativas que combinan el ejercicio memorístico reivindicativo de un pasado muchas veces ilusorio con un esfuerzo para pensar el futuro.
Y al respecto de esas narrativas en juego, mi participación colocaba en escena un planteo que una década después -o sea, en el futuro a mediano plazo en relación a cuando fue esbozado- me parece necesario reivindicar en varios de sus puntos, particularmente en momentos en que la región se encuentra signada por conflictos, desangrada por enfrentamientos sociales y políticos.
Poco y nada hemos avanzado respecto del futuro que en mi participación se postulaba como necesario de construir. Y en algunos de nuestros países, directamente hemos ido en franco retroceso.
Los invito, entonces, a leer la parte medular de mi exposición de ese entonces (y a generar renovados espacios de debates sobre el tema):

 Dos narrativas, entre el pasado y el futuro

Al embarcarnos en la tarea de análisis de las diferentes narrativas que están conviviendo, nos encontramos con una cuestión que parece haberse convertido en un lugar común de todo análisis político sobre la realidad democrática de estos últimos años en la región: la existencia de dos bloques marcadamente diferenciados. Por un lado, gobiernos que podríamos caracterizar como socialdemócratas, de perfil moderado, en donde finalmente cobran mayor importancia las instituciones que los personalismos políticos y, por otro lado, un bloque de gobiernos de corte populista, confrontativos y nacionalistas, embarcados en la denominada “revolución bolivariana”, con líderes que parecen ser más importantes que las instituciones y en donde las constituciones parecen ser un espacio de reforma y ajuste vinculado al proyecto político de ocasión.
Y, al respecto, no quiero eludir la responsabilidad de tomar parte en el asunto y asumir una clara posición sobre esta circunstancia: el futuro de la democracia en la región tiene que discurrir por canales en donde se deje de lado la nefasta práctica de sustituir el peso de las instituciones por personalismos casi omnipotentes. Hay que fortalecer los Estados de Derecho y generar prácticas de acuerdos y consensos que estén más allá de las figuras políticas rutilantes y más allá, incluso, de la partidocracia, que es otro de los déficits democráticos que aquejan a nuestros países.
Los partidos políticos son actores sustanciales, pero no así su deformación en la práctica, que es la partidocracia, o sea, el defecto de que se gobierne por, para y desde los intereses particulares de las altas esferas de los partidos políticos en el poder.
Debemos pensar en políticas de estado proyectadas a veinte o treinta años en los puntos claves de nuestras sociedades, impulsando que no estén atadas a líderes y partidos políticos eventualmente establecidos en el poder, lo cual genera que el Estado termine convertido en un simple ejecutor de las decisiones de los órganos partidarios.
A su vez, impulsar una política de concordia que pueda ir sustituyendo la práctica de obtener réditos y parcelas de poder sobre la base de impulsar constantemente la teoría del conflicto (y de que sólo una mano dura y el paternalismo político va a poder vencer el “oscuro poder que se esconde tras bambalinas”).
Hace poco el filósofo argentino Enrique Dussel dictó una charla en la Facultad de Humanidades de Montevideo, en la cual señalaba que veía en el proyecto bolivariano la verdadera emancipación latinoamericana. Y en un momento alguien del público intervino señalando “la imposición desde arriba y el afán de perpetuación en el poder” que veía en ese proyecto encabezado por Venezuela, planteando la duda sobre si no se corría el riesgo de que “termine siendo una dictadura en unos pocos años”.
Frente a la interrogante lanzada al ruedo, Dussel responde afirmativamente, señalando que efectivamente puede terminar en una dictadura, pero que hay que partir de cada situación en especial y que en Venezuela hay un punto de partida muy duro y una marcada desventaja respecto de sociedades como las de Uruguay, en donde las democracias parecen estar consolidadas y que, entonces, hay que entender que “cuando Chávez en Aló presidente los domingos se pasa 5 horas en un programa de televisión, la gente se ríe y dice que parece un artista de cine, pero el hombre está ahí realmente haciendo la tarea de un maestro de escuela, explicándole a la gente todo lo que está pasando. Es una escuela, pero una escuela casi primaria muchas veces”.
Y yo creo, a diferencia de Dussel, que precisamente esta actitud es parte del problema y no de la solución. Esa forma de infantilizar a las instituciones, a las organizaciones sociales, a los ciudadanos, dejándolos a todos bajo el ala de la figura paternalista, del gobernante devenido en Maestro iluminado, es precisamente una práctica que hay que desterrar de nuestro imaginario y quehacer político.
Ya hemos visto en nuestra región cómo a veces el maestro se efectiviza en el cargo por medio siglo y disfruta de variados privilegios, a la par que abona la prédica de colocar al ciudadano en el rol del pequeño niño que hay que guiar y cuidar porque no puede andar por sí solo, ni tiene conciencia sobre los peligros y riesgos morales del “perverso mundo” que le rodea.

El futuro es aristotélico

El futuro de la democracia en América Latina debe orientarse a la asunción de su mayoría de edad, al encarnar políticamente sus responsabilidades como sociedades adultas. Y si hemos de volver a algún punto reivindicable del pasado como proyecto saludable de futuro, tendríamos que irnos unos cuantos siglos atrás para instalarnos en la cuna del nacimiento de la filosofía occidental, regresar a la obra mayor de nuestra cultura en el terreno de la filosofía política, La Política de Aristóteles.
La idea de priorizar la consolidación de una democracia republicana por sobre otros modelos posibles de gobierno y la práctica política vinculada al desarrollo de determinadas virtudes éticas, entre las que cuenta el evitar los extremos y defender la alternancia entre las condiciones de gobernante y gobernado, sigue siendo un proyecto político radical.
Algunos entienden que la posición de Aristóteles es conservadora y que su “punto medio” como propuesta ética y política, en donde impera la búsqueda del bien común a partir del cultivo de virtudes como la moderación, la prudencia y la razón dialogante, puede ser finalmente asunto bueno para que nada cambie. Por el contrario, la experiencia política latinoamericana nos enseña que radicalizar posiciones es la manera más cómoda de plantarse en la arena política y la mejor manera de ser un conservador.
La importancia de los Estados de Derecho, el dejar de lado las viejas teorías del conflicto y los eslóganes del “todo o nada”, la apuesta por políticas públicas a largo plazo y la superación de la lógica de “la reinvención permanente de la rueda” (cada vez que llega un nuevo gobierno al poder viene dispuesto a formatear el disco duro de todo lo anterior y arrancar casi de cero para poner en práctica las nuevas verdades reveladas) son elementos cruciales para conformar el futuro que América Latina se merece.
Esto, claro, requiere terminar de desterrar las prácticas políticas de imponerse a los gritos y el romanticismo de los “héroes de clases”. Se necesita, en todo caso, otra forma de “heroísmo” y “valentía”, mucho más difícil de poner en práctica: el diálogo sereno, el respeto por las diferencias, priorizar la vía de la argumentación, de la persuasión en base a buenas ideas, praxis imprescindible de madurez democrática.
Más que el interés de clase y el conflicto permanente, necesitamos contar con ciudadanos que piensen y actúen efectivamente en función del bien comunitario. Ese el objetivo primordial: el bien común. Y es algo que no se consigue a los gritos ni desde la épica de la violencia como “partera de la historia”.
El privilegio de poseer una vida política sin mayores sobresaltos, fundada en una civilizada convivencia política, es un reto primordial para nuestra Latinoamérica.
En este presente de la región, radical es aquel que sostiene la importancia de los equilibrios y pregona la necesidad de quebrar el viejo vicio político de gobernar sin el otro. Más importante que el gobierno de un partido es el conformar un sistema de partidos que sea capaz de generar políticas de justicia social más allá de quién sea el siguiente presidente.
Por supuesto, a los que viven la política como un hincha fanático vociferando desde la tribuna del estadio de fútbol o a quienes solo conciben la política como un espacio de conflicto permanente (y ensalzan dicha visión como el único signo de capacidad “crítica”), les resulte casi intolerable tanta moderación democrática.
Hay que vacunarse contra los discursos que alientan el fanatismo y la simplificación de dividir el mundo en buenos y malos. La realidad es menos cómoda. Y la palabra consenso es un concepto de una radicalidad democrática que no pueden entender quienes entienden que lo radical es imponer bajo cualquier costo y por cualquier medio la posición propia.
Buscar consensos no es desconocer las luchas de intereses, ni los juegos de poder, ni supone ser ingenuamente neutral, sino tener madurez política como sociedad. El que ha naturalizado la neutralidad está en el otro extremo del que sólo ve poder e intereses en todos lados (sobre todo, los “perversos intereses” del otro) y ha quedado paralizado para pensar junto a los demás. Son dos caras de la misma moneda.
El ciudadano que resulta vital a la hora de construir democracias saludables es el que no está en esos extremos, es el que está en el punto medio, en donde se reconoce la presencia de los intereses y los juegos de poder, pero supera esa barrera para buscar puntos de encuentros y apreciar los mejores argumentos en busca de resoluciones colectivas a problemas en común.

Hacia una cultura de la otredad y la madurez política

Es necesario y urgente comenzar a educar en prácticas argumentativas adecuadas a las exigencias democráticas y en una educación que priorice la diferencia por sobre la igualdad, en la medida que somos iguales en la diferencia y sólo generando una cultura de la otredad estaremos en condiciones de lograr acuerdos sociales que, respetando las ideas del otro, garanticen la debida igualdad.
Debemos ponernos a resguardo de aquellos modelos de gobierno en donde lo que reina es la desigualdad por imposición de ideas de quienes ostentan el poder político o la mayoría ideológica de turno.
Proyectar un futuro de democracias latinoamericanas finalmente maduras y colaborativas entre sí, unidas en lo interno y hacia afuera para superar sus problemas de desigualdad social, supone asumir el reto de dejar de lado el uso del poder político como generador de conflictos dicotómicos estériles, incorporando una agenda de fuerte contenido social que busque superar sus problemas en términos cooperativos.
Mi apuesta es por una concepción de América Latina desde una tradición humanística que apuntale la formación y la responsabilidad de quienes conducen los países de nuestra región. El principal escollo somos nosotros mismos y el futuro sigue estando –como siempre- en nuestras propias manos. La tarea es difícil, pero no imposible. Y nos urge intentarlo.


lunes, 23 de diciembre de 2019

¿Para qué educar en el ciclo básico?

Comparto mi nuevo artículo publicado en Uypress: https://www.uypress.net/auc.aspx?101052

¿Para qué educar en el ciclo básico?

En nuestro anterior artículo (Los desafíos educativos del nuevo gobierno) planteábamos, entre los varios puntos esbozados como prioritarios, la necesidad de focalizar buena parte de los esfuerzos del gobierno entrante en revertir el panorama que tenemos en el ciclo básico, convertido en la zona roja de nuestro sistema educativo.
Al cabo de los veinte años que llevo ejerciendo como docente en dicho tramo de la  escolarización, entiendo que estamos en un momento en donde hay dos ejes de atención ineludibles: el trabajo en competencias básicas –fundamentalmente en lectoescritura- y la educación en valores. Ambos aspectos son, por cierto, recogidos en mi proyecto Educación y capital cultural, donde planteo una reformulación curricular que incluya talleres sobre Argumentación y Ética para adolescentes. 
Los niveles básicos de competencias pueden y deben ser acompañados desde el ciclo básico por espacios de diálogo y reflexión sobre los valores deseables en una comunidad, lo que nos permitiría ir conformando una ciudadanía preparada tempranamente para el cultivo de la tolerancia, el respeto y la convivencia, entre otras aptitudes que repercuten en una mejor vida en común (y también, por cierto, en el mejor desarrollo de cualquier oficio, profesión o trabajo que más adelante esa persona realice en su vida adulta). 
Nuestro país, en un fenómeno que no es ajeno a muchas otras sociedades, atraviesa un déficit de capital cultural cuyo trasfondo implica un problema valorativo, o sea, forma parte de una crisis que es esencialmente moral. 
Buena parte del deterioro de nuestro entramado social está dado por una conjunción de ese estado de degradación cultural acompañado de ciertas valoraciones poco saludables individual y colectivamente. Mal podemos mejorar en competencias y contenidos si no formamos a la par un alumno capaz de apreciar, por ejemplo, la importancia de estudiar y de ser un buen compañero.
A su vez, los aprendizajes realmente significativos en el campo de la lectoescritura no pueden separarse de la capacidad de profundizar en aspectos argumentativos. El argumentar es una actividad que realizamos en todo momento y que define en buena medida nuestros vínculos y que conforma a largo plazo la medida de nuestra calidad democrática como sociedad. 
Mi experiencia como docente de Filosofía en bachillerato -y la ganada en los años en que ejercí como docente de Argumentación a nivel universitario- refuerzan el planteo de la pertinencia de comenzar tempranamente a trabajar en el fortalecimiento de una ética argumentativa. Hay que brindarles estas herramientas reflexivas sobre lenguaje y valores muchísimo antes de lo que lo venimos haciendo. Insisto, se puede y se debe.
Desde estos espacios se podrían tocar fibras que son vitales motivar y movilizar a esa edad y suponen, como señalábamos al comienzo, el debido complemento a otras competencias básicas, pues son generadoras de un sentido que es elemental comenzar por construir desde el inicio de la adolescencia y su vida liceal. 
Es clave que los alumnos del ciclo básico puedan comprender, por ejemplo, por qué es importante el formarse intelectualmente, o por qué es deseable reflexionar sobre nuestros actos y sus consecuencias, o  por qué es valioso el escribir sin faltas de ortografía o el saber pensar matemáticamente, o por qué es necesario saber bucear adecuadamente en el mar de información que las nuevas tecnologías han puesto a disposición.
Debemos enfocarnos en revertir el sinsentido, el disvalor y la baja capacidad de reflexión, elementos que están enrabados entre sí y que tienen múltiples causas. Escapa a las  instituciones educativos la posibilidad de una solución total del tema, lo cual no nos debe impedir ser conscientes de que es justamente en ellas en donde se juega buena parte de las posibilidades de rectificar tal panorama. 
Los principales problemas que el país está padeciendo en materia educativa, tienen que ver básicamente con el debilitamiento del tejido que conforma el espacio ético-cultural. Fallará toda política de gestión o proyecto técnico en áreas como la educación si no se concibe desde el fortalecimiento de valores culturales y una cultura de valores que fortalezcan las dos áreas fundamentales de la vida de una persona: la capacidad de reflexionar y la capacidad de valorar. Y educar es, ante todo, formar personas. Y formar personas es formar ciudadanos, formar república, o sea, sembrar y cosechar un futuro deseable en común. 

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Los desafíos educativos del nuevo gobierno

Se abre una nueva etapa en el país y, con ella, se renueva la posibilidad de que el campo educativo sea debidamente posicionado en el centro de la trama social. ¿Qué señales desde el futuro gobierno de la educación son necesarias dar en lo inmediato? ¿Qué errores políticos no se deben repetir? ¿Qué papel tienen los docentes y los sindicatos? ¿Qué papel jugará el MEC y qué equilibrios se necesitarán?
Al respecto, mi artículo en Uypress: https://www.uypress.net/auc.aspx?100750 


O pueden leerlo directamente aquí:


Los desafíos educativos del nuevo gobierno

Se abre una nueva etapa en el país y, con ella, se renueva la posibilidad de que el campo educativo sea debidamente posicionado en el centro de la trama social. Los desafíos son varios, comenzando por atender un déficit de capital cultural que condiciona en buena medida las posibilidades de nuestros jóvenes y que nos compromete como sociedad. Nuestra principal crisis no es económica, sino de marginalidad cultural, la cual se ha acentuado en los últimos años.
En la educación, esto se ve reflejado no solamente en los resultados que arrojan los análisis internacionales que al respecto se han realizado sobre nuestro país y en los informes presentados por nuestro Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEED), sino en la experiencia áulica cotidiana de aquellos que ejercemos la docencia. En particular, es una situación rápidamente comprobable en nuestro ciclo básico de educación media, convertido en la zona “roja” de nuestro sistema educativo. El ciclo básico es una radiografía del derrotero de nuestra sociedad, una fotografía pura y dura de los principales problemas que atravesamos como comunidad.  
La educación ha dejado de ser un espacio clave en la construcción de igualdad de oportunidades para convertirse en parte de la maquinaria que reproduce las desigualdades sociales (sobre este punto me explayo debidamente en mi proyecto “Educación y capital cultural” y en una reciente conferencia dictada en el marco de las “Jornadas Binacionales de Educación”, materiales ambos  localizables en la web). Las explicaciones sobre esta situación son múltiples, debiendo comenzar por comprender  y atender que el campo educativo, en tanto es atravesado por todos los hilos sociales que nos conforman, es un reflejo del proceso de desvalorización de los pilares que sostenían lo mejor de nuestra tradición cultural.

El arte de la negociación

¿Qué señales desde el futuro gobierno de la educación son necesarias dar en lo inmediato para comenzar un proceso de recuperación de nuestra educación pública?
La respuesta a esta pregunta implica el abordaje de diversos aspectos, que incluyen cuestiones políticas, pedagógicas y económicas, entre otras. Las trataré de afrontar a lo largo de una serie continuada de artículos, esperando contribuir en tal sentido a un debate que se torna vital en estos meses donde se trazarán las principales hojas de ruta a seguir por las nuevas autoridades educativas, las que tendrán un desafío histórico. No será una tarea sencilla. Y las primeras señales deberán ser políticas antes que vinculadas a contenidos más propiamente educativos, más específicamente pedagógicos.
En primera instancia, se deberá comprender cabalmente aquello que hace a la esencia de la política: el arte de la  negociación. Debemos ser claros desde el primer momento: no hay reforma educativa posible sin contar con los docentes, que son los encargados finales de llevar adelante cualquier cambio propuesto. Si pretendemos que el centro del sistema educativo sean los alumnos, los docentes son la variable fundamental.
Y tampoco se podrá llegar a buen puerto si no se existe el debido diálogo con los sindicatos de la educación. Se deberá hilar muy fino en tal sentido, porque la señal política es la primera que debe darse si lo que queremos es no perder un nuevo lustro en pulseadas que simplemente lograrán paralizarnos. Entrar en el desgaste del juego respecto de quién es “el más fuerte”, “el mandamás” o “el que ejerce el poder legítimo”, sería un modo torpe de comprender lo que el país realmente necesita. Por supuesto, esto corre para todas las partes involucradas, pero es, sobre todo, una responsabilidad central de aquellos que han sido electos para conducir el país. Y, por supuesto, esto no implica ceder puntos o iniciativas sin razón alguna u otorgar el poder de decisiones cuando no corresponde.
Lo que sí implica es el ejercicio del diálogo y el colocar en escena actores que puedan tender puentes, el posicionar en la mesa a aquellos que puedan contribuir del mejor modo posible al desarrollo de la argumentación y la negociación. Alcanza con analizar y reflexionar sobre lo que sucedió en estos últimos años para reconocer la conveniencia de postular este primer punto.

Lecturas de una derrota política

Uno de los mayores errores del gobierno de Tabaré Vázquez fue colocar al frente del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) a María Julia Muñoz, quien no sólo desde el arranque no era legitimada como una persona con experiencia en tales asuntos (un claro ejemplo del mal mayor que se comete cuando se anteponen cargos políticos a cargos de pertinencia por capacidad en el campo designado) sino que desde una actitud de soberbia y destrato hacia los docentes no solo no le torció el brazo a los sindicatos de la educación (ese parece ser el objetivo por el que Vázquez la colocó allí, esperando que repitiera la “hazaña” realizada cuando estuvo al frente del Ministerio de Salud Pública), sino que se encargó de dinamitar todos los puentes posibles. Un error grosero e imperdonable del Presidente.
Para completar el cuadro, las autoridades del Consejo de Educación Secundaria (CES), en la figura de su Directora Celsa Puente, se encargaron de acentuar los enfrentamientos con el sindicato y ejercieron una suerte de “caza de brujas” contra aquellos docentes que planteábamos públicamente -y desde espacios no sindicalizados, por cierto- los problemas que Secundaria presentaba.
Errores políticos que terminaron costando mucho al gobierno y a la fuerza política que allí lo colocó, pero que, lo más grave, terminaron costándole mucho  a la sociedad en su conjunto.
En tal sentido, el principal error del gobierno frentista, el que se lleva el primer puesto por varios cuerpos, fue la declaración de esencialidad de la educación llevada adelante en 2015, en medio de un conflicto por su no cumplimiento del presupuesto designado para la educación. Lejos de lograr aquietar las aguas, la poco inteligente estrategia de intentar amedrentar a los docentes con la amenaza de iniciarles un sumario y finalmente destituirlos si no cortaban con la legítima protesta, logró el efecto contrario, prolongando innecesariamente la huelga y abriendo una grieta que no logró cerrarse en todo el período y que trancó toda posibilidad de avance real. Cuesta comprender la torpeza de tal accionar.
Con el modus operandi de Muñoz y Puente, avalado por un Ejecutivo que no escuchaba los reclamos docentes al respecto, no solo no se logró cambio alguno del ADN educativo sino que ni siquiera se pudo cambiar algo menos pretencioso como el formato de la elección de horas. La derrota política fue contundente y deja varias lecturas, que ojalá hayan dejado lecciones a considerar a la hora de una nueva oportunidad.

La revalorización de los docentes

La primera lección que debería sacarse en limpio es que no hay reforma posible sin diálogo constructivo con los docentes, formen parte o no del sindicato.
En una reciente entrevista en el programa televisivo Desayunos Informales, el posible presidente del futuro Codicen, el profesor Robert Silva, señaló que “es imposible pensar en una educación de calidad sin el docente”. Esto, que parece estar en la tapa del libro, es, sin embargo, una señal nada menor, sobre todo frente a discursos que parecen querer prescindir de los educadores. O que los conciben como simples empleados y no como los artífices fundamentales del sistema educativo.
La caída puede ser brutal sino se entiende la importancia de colocar en el eje central a los educadores. El discurso del alumno como el centro del hecho educativo convirtiendo a los docentes en el elemento negativo que no acompañaba debidamente esa perspectiva resultó, como era de esperar, un fracaso estrepitoso. Solo el desconocimiento de cómo funciona el ámbito institucional y áulico podría llevar a que nuevamente se incurra en tamaño error.
Se debe priorizar y jerarquizar la formación docente, invirtiendo debidamente en políticas de formación permanente, que es el gran déficit que tienen nuestros educadores. El egreso de los Institutos de formación docente resulta en muchos casos el comienzo del fin de la vida intelectual del educador. Y esto es algo que no nos puede seguir pasando Para evitarlo, es fundamental el incentivo intelectual y económico que lleve a que el docente avance y crezca en su carrera en el marco de una permanente formación. Nos jugamos gran parte del partido en entender y atender esta realidad.
A su vez, debemos de una vez por todas zanjar una discusión que no puede ser más parte de un conflicto: los educadores deben ser retribuidos salarialmente de acuerdo a la marcada importancia de la tarea social que llevan adelante. Jerarquizar el salario docente forma parte de las medidas que cualquier sistema educativo exitoso coloca en la balanza, a sabiendas que lo económico implica una señal que es simbólica y que trasmite valores.
Una sociedad que paga mal a sus maestros y profesores, no solo los condena a una vida profesional de segunda mano sino que brinda un mensaje negativo sobre la importancia otorgada a la educación. Jerarquizar el salario docente es jerarquizar la educación, es enviar una señal al resto de la sociedad donde se deja en claro que la formación intelectual y que la profesión de educar es una de las tareas más nobles e importantes que puede llevar adelante una persona en su vida en comunidad.
Luego de años de discursos de impronta “mujiquista” que han bastardeado la formación intelectual, la formación universitaria, la formación humanística, nos debemos un rápido retorno a todos los elementos posibles que nos permitan volver a legitimar y privilegiar el cultivo intelectual del ciudadano. Es este un paso fundamental para comenzar a abandonar el grado de marginalidad cultural en el que nos hemos hundido.
Estas, pues, son otras señales políticas que deben estar dadas desde el arranque del futuro gobierno de la educación, partiendo desde lo que el presupuesto quinquenal del gobierno central indique como valor social a privilegiar. Cómo se barajan los números es, ante todo, una señal de ética pública. Dime qué priorizas y te diré que tipo de valores refleja tu gobierno.

La búsqueda de equilibrios

El trabajo en conjunto entre el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) y el Codicen será primordial, sobre todo para mantener ciertos equilibrios necesarios. La mayor relevancia que cobrará el MEC colocará en escena a Pablo da Silveira como figura principal de los nuevos tiempos educativos que se avecinan. Su articulación con Robert Silva será esencial, del mismo modo que lo será el escuchar y sumar los aportes en propuestas que tengamos los docentes que trabajamos en el sistema educativo y que lo conocemos desde adentro (con lo que esto significa en el imaginario docente a la hora de la legitimación de los interlocutores presentados), tanto como lo que puedan contribuir los sindicatos y las iniciativas ciudadanas educativas como Eduy21.
El desafío está servido. El camino no será nada fácil, pero ¿acaso lo ha sido alguna vez? Los  partidos más importantes que se juega una sociedad siempre requieren de esfuerzos múltiples e incesantes. Y tanto de certezas a defender como de concesiones a realizar por parte de los involucrados. No se debe confundir firmeza en la conducción con necedad y sordera. Se necesitará de  sutileza y cintura política más que de nuevas cuotas de soberbia y demostraciones de “fuerza”.
Si las recientes declaraciones en el semanario Búsqueda del dirigente de Fenapes José Olivera descalificando brutalmente a Pablo da Silveira son un síntoma negativo y una muestra cabal de todo lo que debe evitarse, la señal enviada por el futuro gobierno ofreciendo la Subsecretaría del MEC a la historiadora Ana Ribeiro supone un atisbo de esperanza en cuanto a la posibilidad de conformar equipos que orienten el diálogo de manera inteligente y constructiva.
La primera actitud que nos corresponde es apoyar en un todo al gobierno que se está conformando y  ponernos a trabajar en conjunto. Ojalá que aquello de “Educación, educación, educación” marque finalmente el rumbo de quienes ejercen el poder político.

Comprendan, allí nos jugamos el futuro.