viernes, 8 de enero de 2021

Los motivos de Rodó. Siete claves de actualidad

 Comparto articulo, que he publicado en Cooltivarte: https://cooltivarte.com/portal/los-motivos-de-rodo-siete-claves-de-actualidad/  


Los motivos de Rodó

 Siete claves de actualidad

 En este 2021 se celebran los 150 años del nacimiento de José Enrique Rodó. Una fecha que se transforma en una excusa más que válida para retomar la lectura de uno de los pensadores más influyentes en nuestras tierras latinoamericanas. Y con la tarea pendiente de volver a darle el debido lugar en nuestra actualidad, respecto de la cual tiene mucho por aportarnos.

Y es precisamente tras releerlo en estos primeros días del año (particularmente en sus dos obras centrales, Ariel y Motivos de Proteo) es que quiero señalar –bajo los primeros efectos y muy sintética y llanamente, a modo de divulgación general, esperando que sea motivo de acercamiento a su lectura directa- una serie de claves que considero vigentes, actualizables como aportes a nuestras circunstancias, de su pensamiento. Claves que ameritan ampliarse en número y contenido, por supuesto, lo que iremos haciendo a lo largo de la escritura de siguientes artículos de celebración de este año rodoniano.

Siete claves rodonianas para el siglo XXI

1. La integración regional desde valores culturales, intelectuales, axiológicos, estéticos,  desde el vínculo con nuestra cultura latina originaria, con nuestras raíces helénicas y con la ética de amor al prójimo del cristianismo (desprovisto, en el planteo de nuestro autor, de toda connotación trascendental).

Frente a modelos anclados en la perspectiva economicista o en la consolidación de la identidad por oposición a un “enemigo en común”, retomar el planteo rodoniano es apuntar a la integración desde la tradición humanística fundante, subrayando, por otra parte, la responsabilidad que tienen, en tales asuntos, quienes conducen los países de nuestra región, en la medida de que el retorno planteado está relacionado con un alejamiento anclado en un problema que, primeramente, es cultural y nuestro. Somos los principales responsables de haber abandonado la vital tarea de mantener y fomentar lo mejor de nuestra tradición cultural.

Aunque Rodó juzga duramente a la que considera utilitaria cultura anglosajona, no la culpa de lo que finalmente aquí sucede, en tanto entiende que el primer y principal escollo somos nosotros mismos. Retomar lo mejor de nuestras raíces es una tarea que nos corresponde y que involucra decididamente a las autoridades que gobiernan nuestras sociedades, particularmente a las que tienen responsabilidades de primer orden en el ámbito educativo y cultural.

Fomentar el pensamiento uruguayo y latinoamericano, desde nuestras bases humanistas, desde la cuna de los valores helénicos, desde la cultura latina fundacional, es un modo de actualizar el pensamiento de Rodó y de colocar en el debate público su planteo respecto de la necesidad de integrarnos (y más aún en este siglo XXI, en un mundo absolutamente globalizado) desde nuestra mejor carta de presentación, desde la fusión de horizontes de nuestras mejores tradiciones éticas, educativas y culturales.

2. La participación en la esfera pública, particularmente de la juventud, de las nuevas generaciones. Punto crucial, sobre todo en sociedades con jóvenes que tardíamente se inician en la vida pública y que tienen escasa incidencia en las decisiones comunitarias más importantes. Rodó, sus páginas, son un motor de impulso para pensar la revitalización de nuestra cultura política, para reflexionar acerca de la necesidad de generar las debidas condiciones para que nuestra juventud participe activamente en nuestra ágora, un factor crucial de la calidad democrática de toda sociedad.

Necesitamos de jóvenes rodonianos construyendo espacios de diálogo, conformando una nueva generación de intelectuales comprometidos con la formación y acción política (en su acepción más general, o sea, involucrados en los problemas de la polis, de los asuntos que conforman el bien común).

3. Defensa de los valores democráticos y de la tolerancia. Aquí hay dos puntos centrales: primero, la idea de generar una democracia que esté a resguardo, como bien lo señala Rodó, tanto de los valores aristocratizantes como de los provenientes de la mediocracia, sostenidos desde las mayorías compactas y homogéneas. Luego, el postulado de que la democracia, en su búsqueda de igualdad, debe ir acompañada de políticas que aseguren la selección cultural de una clase política-intelectual dirigente formada en valores deseables, con sólidos basamentos culturales y capaz de fomentar y difundir la tolerancia de ideas como uno de los elementos primordiales (sobre esto último, nada mejor que leer el debate, sobre la quita de los crucifijos de los hospitales, que sostuvo con Pedro Díaz y que aparece recogido en su obra Liberalismo y Jacobinismo).

 4. La defensa de una formación universalista y una educación que no sea meramente especializada y utilitaria. Al respecto, su planteo cobra incluso una vigencia mayor que la que tuvo en su época. En momentos donde la educación discute permanentemente su sentido en relación con la demanda que se le realiza respecto de que asegure una formación acorde con lo que el mercado laboral del presente requiere, cobra vital importancia el planteo rodoniano. Bien nos vale para reflexionar, por ejemplo, sobre los modos en que solemos vincular la educación al campo laboral y a las necesidades productivas de un país, asuntos que inevitablemente terminan cayendo en planteos de un utilitarismo educativo que vacía el sentido más profundamente humanista de la formación educativa.

Más Rodó y menos educación atada al concepto de suministrar utilidades en términos de formar recursos desde la óptica del concepto de “capital humano”.

Por otra parte, la perspectiva rodoniana coincide con la defensa vazferreireana del deber de cultura universal que todo docente y alumno tiene respecto de su formación intelectual. Este aspecto lo coloca en un debate también fundamental sobre la actual formación docente y universitaria, en el marco del surgimiento de especialistas alejados de la esfera pública, sin ninguna incidencia en ella, y con la tendencia agudizada en cuanto a la disección del saber y sus contenidos en grados de reducción al absurdo. El intelectual docente y universitario no puede actuar como un mero funcionario de la morgue analizando las partes mínimas de un corpus que, en definitiva, considera muerto (o le mata en esa acción disecante).

La defensa de la formación universalista y del pensamiento como un elemento vivo es un punto de encuentro entre los dos intelectuales más decisivos de nuestro país: Rodó y Vaz Ferreira. 

5. El amor y el desinterés como guía política. Frente a una política maniqueísta, de trincheras partidarias, que genera ideologías de “amigos” y “enemigos”, simples y cómodas dicotomías de “buenos” y “malos” -con la consabida ausencia de debate de ideas y falta de tolerancia para posibilitar el real dialogo democrático-, el rescate rodoniano del amor, del desinterés y la independencia como guía para la práctica política resulta tan “ingenua” y “demodé” como imprescindible en estos tiempos que corren (y que han corrido, lamentablemente, a lo largo del siglo XX).

En tiempos de intelectuales que adaptan sus postulados y acciones a razón del encandilamiento con el traje  -y la ostentación de su cargo en la burocracia pública- y la tarea de agradar a su jefe político de turno, un mal que aqueja y recorre toda Latinoamérica, el planteo de Rodó nos recuerda que la autonomía y la decencia del pensar y el actuar es algo que debemos cuidar a toda costa.

En este punto, vale decir, es también coincidente el planteo de Rodó con los postulados vazferreireanos sobre la formación cultural sustentada en el saber desinteresado. Frente a la camada de entrajados intelectuales interesados que han construido y aun construyen nuestro entramado público regional, lo de Rodó resulta un antídoto más que actual y pertinente. 

6. Apelación al cultivo de nuestra interioridad, a la búsqueda de la realización y el perfeccionamiento interior, de nuestras fuerzas individuales, desde una mirada en tono vitalista que preconiza el cultivo del mundo interior como preámbulo necesario de todo aporte comunitario (y es esta la idea central, precisamente, de su Motivos de Proteo).

7. Retomar el ocio noble. Autores de primera línea en el campo filosófico de este comienzo de siglo, como Byung-Chul Han, plantean la necesidad de retomar el espacio reflexivo de  la pausa, de la profundidad del pensamiento, del ocio creativo. La arenga de Rodó, de hace más de un siglo, respecto de no descuidar la meditación intelectual -ni siquiera por la excusa del tiempo que nos absorbe el trabajo o por el tener condiciones culturales inicialmente adversas que puedan condicionarnos-, de cultivar el ocio noble, es otro punto de absoluta actualidad, particularmente en épocas en donde el tiempo libre, el escaso tiempo posible de ocio reflexivo que tenemos, suele consumirse en pasatiempos tecnológicos sin mayor sentido que el de “matar el tiempo” o en consumos mediáticos para no pensar, para no pensarnos.

Sociedad rodoniana: un reconocimiento pendiente

Ojalá que este este breve punteo veraniego de actualidad rodoniana motive el acercamiento a la lectura de un autor que aún tiene mucho por dar y que, sin embargo, en términos amplios, hemos colocado en el museo del olvido. Ciertamente, un crimen de lesa culturalidad. Volver a ponerlo en el ruedo, pensar aspectos de nuestro presente y futuro a partir de su obra, es una tarea que nos interpela y que se requiere en lo inmediato.

Que celebrar el siglo y medio de su nacimiento no se convierta meramente en otro cúmulo de pomposas honras, es nuestra responsabilidad, esa que el propio Rodó supo visualizar claramente en su vida y obrar en consecuencia. Volver a leerlo y discutirlo es algo que le debemos y que nos lo debemos como sociedad. Que la nuestra sea una sociedad rodoniana es algo que todavía tenemos pendiente por reconocer.

 

lunes, 4 de enero de 2021

Los gobiernos pasan, la cultura queda

Comparto mi artículo, publicado en el Diario El Día: http://diarioeldia.uy/sitio/educacion-y-cultura/los-gobiernos-pasan-la-cultura-queda/


Los gobiernos pasan, la cultura queda

 
Si estamos de acuerdo en que el acceso a la cultura es uno de los derechos humanos que debemos proteger y promover, nos resultará pertinente tener en cuenta que el proceso de formación de subjetividades capaces de apreciar -en su más amplio sentido y en sus diversas expresiones- los entramados de la complejidad del pensamiento humano, es un punto de encuentro entre las políticas culturales y educativas. Es allí donde nos jugamos en buena medida la efectiva puesta en práctica de los derechos culturales de nuestros ciudadanos. La cultura y la educación no pueden ser concebidas sino como derechos humanos fundamentales, como los caminos capaces de construir una ciudadanía sustentada en la autonomía intelectual, el pensamiento crítico, los valores deseables de fomentar y circular en una sociedad (convivencia, tolerancia, respeto, empatía, responsabilidad, otredad y cuidado de sí mismo, capacidad de dialogo y escucha, capacidad de argumentación, resolución pacífica de los conflictos, entre otros).

Una adecuada política en territorios de la cultura debe rescatar tanto los valores culturales de una sociedad, presentando sus logros materiales e intelectuales (entendiéndose esto en su más amplia acepción), como fomentar su desarrollo. La construcción de la identidad cultural, por su parte, implica potenciar tanto aquello que nos diferencia de los demás, como los elementos que nos integran, que nos unen y nos dan un sentido de pertenencia, aunque concibiendo lo identitario en términos dinámicos, en un mundo de permanentes cambios, de transformaciones vertiginosas. Los espacios educativos con sus diversos actores, la formación docente tanto a nivel de grado como de posgrado, constituyen ámbitos propedéuticos en relación a la consecución de esta tarea.
 
El vital papel de la ANEP
 
Cuando uno revisa el organigrama de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), se encuentra con una importante omisión, anclada desde el fondo de su historia: no existe una Dirección, una Secretaría, un Departamento o siquiera una Oficina de Cultura. En Uruguay, tenemos un Ministerio de Educación y Cultura (MEC), tenemos Direcciones de Cultura en cada una de las Intendencias departamentales, pero no contamos con tal esencial área en el seno del campo educativo, que es donde, en definitiva, se juegan los momentos centrales del partido por la cultura. En el Consejo Directivo Central (CODICEN) de la ANEP, por ejemplo, se cuenta con diversas y vitales Direcciones, entre las que podemos encontrar Gestión Humana, Información para la Gestión y la Comunicación, Infraestructura, Integración Educativa, Planificación Educativa, Programación y Presupuesto, Comunicación Institucional, Políticas Lingüísticas, Derechos Humanos, Relaciones Internacionales y Cooperación, etc. Siendo todas absolutamente necesarias, fundamentales para el mejor desarrollo de nuestra educación, lo cierto es que la cultura no aparece siquiera nombrada como anexada a algún otro espacio sectorial. Está presente, en todo caso, difuminada y fragmentada en diversos ámbitos, sin estatus propio alguno. Urge subsanar tal circunstancia, quizás (por aquello de no seguir creando paredes con escritorios antes que ideas concretas a desarrollar) a partir de líneas de acción que, en los hechos, instalen una dirección cultural, una política institucionalizada y legitimada en el seno de la ANEP respecto de la cultura.

Esta nueva administración de la educación tiene la oportunidad de cambiar el panorama y de marcar un rumbo claro, de subsanar ese déficit histórico que venimos arrastrando en cuestión de políticas culturales de la educación pública. Si la educación es una prioridad cultural, la cultura debe ser concebida como una prioridad educativa. Las señales que, en tal sentido, emergen desde el Plan de Desarrollo Educativo 2020-2024 presentado recientemente por la administración encabezada por Robert Silva, son muy auspiciosas. La lectura del Tomo I del citado documento (que es de acceso público, pudiéndose descargar desde la web institucional de la ANEP), particularmente del Capítulo 6, titulado Políticas educativas transversales, nos abre una razonable esperanza. Las referencias que, por ejemplo, allí aparecen en relación a los derechos culturales como derechos humanos fundamentales y a la importancia de rescatar el pensamiento uruguayo, se enmarcan justamente en lo que venimos señalando como una imperiosa necesidad en materia de políticas educativas.

Como se señala desde el título, los gobiernos pasan, la cultura queda. Y es deseable que los que nos quede sean políticas consolidadas, que vayan más allá del período actual, que representen una efectiva proyección hacia el futuro, un sello de identidad y reconocimiento positivo de la gobernanza de la educación y que impliquen, sobre todo, un aporte al debilitado entramado cultural de nuestra sociedad. Si nuestra crisis antes que económica es profundamente educativa y cultural -como lo reflejan los aspectos cuantitativos y cualitativos con que contamos para evaluar nuestra situación (para repasar este aspecto, los invito a leer el capítulo 1 del documento de la ANEP citado líneas arriba)- lo que se realice en tales terrenos será finalmente el sello de distinción del gobierno.

 Nuestra cultura republicana, nuestra democracia fundada en el respeto por el otro, el cultivo del diálogo y el debate de ideas, más allá de las diferencias ideológicas, es un sello de nuestra identidad, una de nuestras mejores cartas de presentación como sociedad. Cuidar este elemento esencial del acervo uruguayo resulta imprescindible. Las instituciones escolares han sido, desde siempre, un espacio de construcción de ese valor, tan intangible como vitalmente efectivo. Retomar marcadamente esa tradición, con anclaje en las grandes figuras de nuestro pensamiento, en la vida y obras de uruguayos que conforman el soporte del patrimonio cultural de nuestra sociedad, es un punto de partida que debemos proponernos en lo inmediato.

Es necesario y posible pensar desde nuestro lugar en el mundo, desde nuestra vasta y rica tradición intelectual, como un modo de integrarnos debidamente en el mundo globalizado. La cultura, concebida como un eje transversal de nuestras sociedades, en momentos donde bajo su égida asistimos a un permanente diálogo entre lo local y lo global, conforma una variable estratégica central de los gobiernos. Este es el principal desafío que nos presenta el siglo XXI, en el marco de la sociedad del conocimiento. Es un imperativo ético retomar la construcción del Uruguay como el de un espacio de la sensibilidad hacedor de ideas a tener en cuenta, como bien lo diría nuestro principal filósofo.

En el país de Carlos Vaz Ferreira, de José Enrique Rodó, de José Batlle y Ordoñez, de Arturo Ardao, de Carlos Quijano, de Pedro Figari, de José Pedro Varela, de Carlos Real de Azúa, de Antonio Grompone, de Alberto Methol Ferré, de José Luis Rebellato, de Domingo Arena, de mujeres que trazaron el camino en el campo educativo como Luisa Luisi, María Espínola, María Stagnero de Munar, Alicia Goyena, Enriqueta Compte y Riqué, Reina Reyes, de escritoras como Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira, Idea Vilariño, Marosa di Giorgio, Circe Maia, entre tantos otros que podemos nombrar recurriendo a su enorme aporte y talla intelectual, no podemos darnos el lujo de seguir formando generaciones enteras fuera del ala central de nuestra mejor tradición, aquella que les puede dar el amparo y el sentido de pertenencia a una cultura tan sólida como valiosa. Como bien lo sabemos, se siembra lo que se cosecha.

 


domingo, 3 de enero de 2021

Año nuevo, Wiki nueva

Año nuevo, Wiki nueva

Agradeciendo a quienes impulsaron, colaboraron en reunir la información dispersa y concretaron la idea, comparto mi entrada en Wikipedia.
Para retribuir ese generoso esfuerzo, intentaré aportar futuras líneas que valgan la pena .