viernes, 14 de febrero de 2020

La formación docente en debate

Comparto mi artículo titulado La formación docente en debate: una mirada desde un histórico divorcio, publicado en Uypress: 
https://www.uypress.net/auc.aspx?102216
Y que pueden leer también por aquí:

La formación docente en debate

Una mirada desde un histórico divorcio

Continuando con nuestros artículos sobre educación, abordaré otro de los ejes que había señalado como fundamental: el de la formación docente. En tal sentido, resulta clave realizarlo bajo una perspectiva que supere la crisis histórica de la separación entre lo pedagógico y el campo de la investigación. A casi 85 años de la creación por ley de nuestra Educación Secundaria, es importante señalar algunos lineamientos históricos que nos permitan ir vislumbrando parte del problema de la formación docente.
No será hasta el año 1935, con la creación del Consejo de Educación Secundaria por ley del día 11 de diciembre, que se dé la separación de este nivel educativo de la órbita de la Universidad, lo cual trajo consigo una intensa polémica y supuso un mojón central en la historia de Secundaria, asunto frente al cual Carlos Vaz Ferreira –que era una presencia central en la vida intelectual y educativa del país, siendo por ese entonces el rector de la Universidad- se opuso fuertemente, en tanto consideraba que afectaría a la formación de los futuros docentes, al atarlos a las demandas sociales más inmediatas que recaían en el sistema de educación media.
Vaz Ferreira temía que los objetivos de ese nivel educativo se vieran trastocados y dejaran de ser los de formar para la cultura universitaria y el saber por el saber, para terminar atados excesivamente a los vaivenes del campo laboral y la vacía acreditación de competencias básicas y de bajo nivel cultural.
Ciertamente, el trajinar de la historia educativa del país le dará ampliamente la razón a Vaz Ferreira. Y la masificación del sistema –tan deseable, tan valiosa, tan justa socialmente, como nefasta para un sistema que nunca pudo adaptarse adecuadamente a las nuevas realidades que le fue tocando vivir- tuvo mucho que ver en ese derrotero que Vaz Ferreira visualizó con tanta precisión y anticipación histórica.
Ya el primer Consejo Nacional de Enseñanza Secundaria, que tuvo como primer Director a Eduardo de Salterain Herrera,  debió enfrentar tareas relacionadas con un acentuado crecimiento y expansión del sistema, incluyendo diversas realidades socio-económicas, cuestión para la cual el sistema no estaba preparado y que nos lleva a otro momento crucial en la historia de la enseñanza secundaria y de la formación docente para ese ámbito: la creación del Instituto de Profesores Artigas.
En julio de 1949 se crea por ley el Instituto de Profesores -y por un artículo de otra ley de agosto de 1950 se le denomina “Artigas” (al cumplirse en ese año el centenario de la muerte del prócer)-, comenzando a funcionar en 1951 bajo la dirección de Antonio Grompone, su mentor intelectual.
Y nos detenemos en este momento de la historia de la educación uruguaya para centrarnos en la dupla Vaz Ferreira-Grompone, en sus dos visiones sobre la educación –y la formación docente en particular-, que preceden y determinan, en buena medida, la creación del IPA por un lado y la creación de la Facultad de Humanidades y Ciencias por el otro, punto primordial respecto del “divorcio” entre la formación pedagógica y la formación en el campo de la investigación, cuyas secuelas nos siguen afectando hasta el día de hoy, tanto en lo que compete a cómo se forman nuestros docentes como al devenir de la calidad de nuestras instituciones educativas públicas.

Una cuestión de falsa oposición

Mientras Vaz Ferreira apunta a un docente poseedor de una vasta cultura general, portador de un “espíritu libre” e independiente, de un saber desinteresado por oposición a un saber utilitario, en Grompone tenemos una mirada que apunta sobre todo a un docente que se profesionalice en su actuación pedagógica en la emergente y compleja realidad social del contexto inmediato, priorizando el específico nivel educativo en el cual va a desarrollar su tarea, o sea, contemplando, entre otros asuntos, las consecuencias de la masificación del ingreso de estudiantes a la enseñanza media, sus intereses en relación a las expectativas de los diversos estratos sociales, buscando un profesional de la educación que atienda a esas características del sistema medio, el cual rápidamente se iba ensanchando.
Y digamos que estas dos visiones, que son posibles de señalar una como “idealista” -en el sentido vazferreireano de la búsqueda de ese espíritu desinteresado, de infundir una cultura amplia, de la construcción autónoma de la conciencia individual como materia intelectual y ética necesaria para formarse, alejado de la mera fiscalización del saber y más allá de las instituciones educativas y sus necesidades emergentes- y otra como “práctica” -en el sentido que Grompone le da a la tarea de responder a las necesidades sociales que para la enseñanza secundaria marcaba la época, haciendo imprescindible una particular institucionalización de la formación docente para ese nivel, buscando profesionalizarla en miras de responder a la nueva diversidad que se le presentaba y a los nuevos objetivos, que ya no podían pasar por el de ser meramente una enseñanza de estudios preparatorios para el ingreso a la universidad o para formar una elite cultural- es que se proyectarán dos miradas que aparecen tan vigentes hoy en día -y más preocupantemente presentes en su separación a la hora de las prácticas institucionales que conforman nuestro sistema educativo público-  como en esos años 40’ y 50’ del siglo pasado.
Las perspectivas de Vaz Ferreira y Grompone sobre el sentido de la educación media y la formación docente, no hacen más que explicitar –y finalmente institucionalizar- un problema heredado desde nuestra conformación como nación y que resultó acuciante en determinado momento de nuestra historia educativa.
La separación de la Enseñanza Secundaria de la Universidad -resuelta en un contexto de crisis institucional del país, sin un debido debate e impulsando en buena medida un divorcio entre un perfil docente apuntando a las necesidades sociales y prácticas del contexto del alumnado de secundaria y otro perfil apuntando a la libre formación e investigación universitaria- terminó a la larga afectando a ambos niveles (secundaria y universidad) y es un problema de delicado costo intelectual y cultural para el país, que ha generado un prolongado divorcio entre docencia e investigación, capítulo clave para comprender algunos de los actuales problemas que presenta la efectiva práctica docente en la educación media.
Así, es prioritario trabajar sobre la idea de complementariedad, asunto central para comprender y eventualmente encaminar la resolución de ese viejo problema, de ese “tajo” educativo y cultural que se terminó construyendo y que se fue acentuando con el correr de los años en las prácticas institucionales enraizadas a nivel educativo.
Grompone y Vaz Ferreira son necesariamente complementarios y no opuestos. El sistema educativo nacional necesita una reestructuración que contemple la posibilidad de inyectar de mayor “espíritu universitario” a la formación docente para Secundaria y una Universidad que a su vez involucre marcadamente el “espíritu” de vínculo con el contexto social de su alumnado y con la agenda de los debates públicos emergentes.
Se deben generar y apoyar proyectos educativos que atiendan el desarrollo de tareas de investigación tanto en el cuerpo docente como en el alumnado, que recojan las diferentes aristas temáticas que hacen a la reflexión respecto del campo educativo en su vínculo con la sociedad y viceversa, contextualizando –a su vez- el abordaje teórico en la experiencia inmediata, en el entorno vital, del docente/alumno.
El educador como intelectual transformador -vinculando su práctica con la investigación, impulsando y fortaleciendo su formación permanente-  no debe ser visto como una utopía o un lugar común de las habituales buenas intenciones teóricas, sino como una necesidad para el mejoramiento de nuestra sociedad en su conjunto.
Las políticas educativas deben apuntar fuertemente en tal sentido. Superar el histórico “divorcio” entre Vaz Ferreira y Grompone es uno de los principales desafíos que debemos atender en relación al campo educativo.
Trabajar sobre la reestructuración de la formación docente es una de las tareas primordiales que tienen por delante las nuevas autoridades educativas.

sábado, 8 de febrero de 2020

¿Qué quedó en el debe y qué expectativas podemos tener con el nuevo gobierno?

Comparto entrevista que sobre el ámbito educativo me realizó el periodista Aldo Roque Difilippo para la agencia de noticias AGESOR

Primera parte

¿Qué quedó en el debe en la gestión del gobierno a nivel educativo? 

Profundizar en políticas de inclusión, priorizar la formación permanente, atender debidamente el déficit de capital cultural, replantear la formación docente y el fortalecimiento del presupuesto, realizar una apertura respecto de los actores universitarios, la autocrítica respecto de los informes del INEED que daban cuenta de la crisis educativa emergente, la ausencia de políticas de consenso a largo plazo, entre otros puntos que abordo en esta primera parte.


https://www.youtube.com/watch?v=ybXxVj-4kMA

http://www.agesor.com.uy/noticia.php?id=43037

Segunda parte

¿Qué expectativas podemos tener en materia educativa con el nuevo gobierno? 

¿Es una señal positiva el cambio en el gabinete del MEC y en la nueva conducción del CODICEN? ¿Qué podemos esperar del nuevo estatuto docente? ¿Se podría alcanzar una real descentralización hacia el interior del país? ¿Cómo se debería establecer  el vínculo con los sindicatos docentes? ¿Es posible alcanzar políticas de consenso?



https://youtu.be/GPqE0QFX0g4

http://www.agesor.com.uy/noticia.php?id=43075



lunes, 27 de enero de 2020

El socialismo como punto de partida para el liberalismo

Comparto artículo que publiqué en la agencia de noticias Uypress: https://www.uypress.net/auc.aspx?101806

Y que pueden leer también aquí:


El socialismo como punto de partida para el liberalismo

En Sobre los problemas sociales (1922), Vaz Ferreira se plantea la interrogante de si es posible resolver aquello que denominamos “el problema social” y señala que, en todo caso, requiere de una solución que no será ciertamente perfecta, considerar todas las soluciones posibles, analizar ventajas e inconvenientes de cada una y, por último, realizar una elección.
Esto tiene un inconveniente, nos indica: no resulta factible sopesar todas las teorías -incluyendo aquellas que escapan a nuestras previsiones- ni efectivamente contemplar todas las ventajas y desventajas. Y, además, siempre tenemos el problema de las subjetividades, de las sensibilidades particulares, en relación a esta cuestión del “problema social”. Sin embargo, lo que hay que alcanzar es precisamente una solución consensuada de elección. Y para esto, nos dice Vaz, lo primero sería comenzar por:

“algo utilísimo y bueno, que es lo primero que voy a tratar de sintetizar aquí; y es empezar por investigar si hay tanta oposición real como aparente, si no debería haber un acuerdo mayor; si está bien que, como ocurre en la práctica, las tendencias y las teorías luchen como si fueran contrarias en todo y desde el principio –o si todas esas tendencias deberían tener una parte común, sin perjuicio de que el resto siguiera siendo materia de discusión. Y es esto último lo que voy a tratar de mostrar: que, en vez de oposición y lucha total (por ejemplo: de conservadores contra socialistas, anarquistas, etc.), como hay en gran parte y como se cree que tiene que haber, los espíritus comprensivos, sinceros, humanos, pueden y deben de estar de acuerdo sobre un ideal suficientemente práctico, expresable por una fórmula, dentro de la cual caben grados” (Sobre los problemas sociales, vol. VII de la Edición de Homenaje de la Cámara de Representantes, pág. 21)

Y vale recordar, en este punto, que Vaz Ferreira fue influido en buena medida por el liberalismo de Stuart Mill (particularmente de su concepto de libertad) y por el liberalismo evolutivo de Herbert Spencer (sobre todo por su concepción del individualismo) y si bien evita utilizar el término “liberalismo”, refiriéndose en cambio a la tendencia “individualista”, es pertinente ubicarlo en la tradición liberal  (y de ahí la oportunidad y pertinencia del título de este artículo, cuyas características de divulgación, y por fuera de un afán académico, no pretende ni permite profundizar debidamente en el punto, aunque invito a leer autores nuestros que han analizado con hondura la cuestión, como sucede con textos de Arturo Ardao, Miguel Andreoli, Yamandú Acosta, Manuel Claps, Carlos Mato, Fernanda Diab, Andrea Carriquiry, Gerardo Caetano, Agustín Courtoisie, Jorge Liberati, Mario Silva García, Lía Berisso, Enrique Puchet, Rubén Tani, Horacio Bernardo, entre otros).

Luces y sombras del socialismo y el individualismo

Y es a partir del planteo de la búsqueda de una fórmula que evite las oposiciones que nos paralizan, y se concentre en los puntos de encuentro, que el autor aborda las dos tendencias ideológicas dominantes en relación al problema social:

 “La oposición fundamental es la lucha de la tendencia individualista y la tendencia socialista; ésta es, diremos, la oposición polarizante. Bien: si se examinan esas tendencias como se presentan, hacen más o menos este efecto al que no está fanatizado ni unilateralizado:
El “individualismo” se presenta como la tendencia a que cada individuo actúe con libertad y reciba las consecuencias de su actos (esto, esencialmente; pues la parte de “beneficencia” que admite el esquema individualista, es como simple paliativo). Y esa tendencia así formulada produce al espíritu sincero y libre, una mezcla de simpatía y antipatía.
Simpatía, porque la tendencia es ante todo favorable a la libertad, que es uno de los determinantes de la superioridad de nuestra especie. Y porque es favorable a la personalidad. Y porque es favorable a las diferencias individuales. Y porque es tendencia fermental. Capacidad y posibilidades de progreso. Pero produce, la tendencia, también antipatía. Ante todo, por su dureza: cierto que generalmente suele presentarse paliada por la beneficencia; pero ésta, encarada como caridad, no nos satisface.
Y, además de su dureza, el individualismo nos aparece como la teoría que de hecho sostiene el régimen actual; y entonces, va hacia ella nuestra antipatía: por la desigualdad excesiva, por la inseguridad; por el triunfo del no superior, o cuando más del que es superior en aptitudes no superiores, por ejemplo la capacidad económica. Demasiada predominancia de lo económico, absorbiendo la vida. Y justificación de todo lo que está, como la herencia ilimitada, la propiedad de la tierra ilimitada, etc.
Ahora, el “socialismo” nos produce, desde luego, efectos simpáticos, por más humano: hasta su mismo lenguaje y sus mismas fórmulas…más bondad, más fraternidad, más solidaridad; no abandonar a nadie; también tomar la defensa del pobre, del débil. Simpático, también, por la tendencia a la igualdad, en el buen sentido. Simpático, todavía, por sentir y hacer sentir los males de la organización actual, y así mantener sentimientos y despertar conciencias. Y tal vez, también, capacidad de progreso en otro sentido.
En cambio, antipático, o temible, por las limitaciones, que parecen inevitables, para la libertad y para la personalidad. Limitaciones a la individualidad. Tendencia igualante, en el mal sentido. Claro que eso no está siempre consciente en la doctrina: adeptos de ella buscarían la realización, no a base de imposición, permanente o pasajera, sino de sentimientos; pero entonces el socialismo se nos aparece como una de esas tendencias que supondrían un cambio psicológico demasiado grande y ya utópico para la mentalidad humana. Y así, podría decirse, en este primer examen, que al socialismo parece presentársele una especie de dilema: o utopía psicológica, o tiranía. Autoridad, leyes, gobierno, prohibiciones, imposiciones, demasiado de todo esto. Y demasiado estatismo, algo que tiende a suprimir la personalidad, la individualidad y las posibilidades de progreso. Esto último lleva a sentir al socialismo, también como algo que fija, como algo que detiene; y pensamos en esas organizaciones, de los artrópodos, por ejemplo, en que la perfección va unida a la detención del progreso.
Y, así, si recibimos los conceptos y tendencias como se presentan y si nos sometemos a su acción sinceramente, el resultado será la duda, la oscilación.
Y la oposición de esas dos tendencias es, en verdad, lo fundamental: el análisis de otras nociones, propiamente no agregaría nada esencialmente a ellas. Repitámoslo: lo esencial sigue siendo el conflicto de las ideas de igualdad y de libertad (con las tendencias respectivamente conexas).” (obra citada, págs. 22 a 25)

Socialismo hasta un punto y luego libertad

Vaz Ferreira se centra en el planteo de la oposición libertad/igualdad y nos remarca que hay gente más "sensible" al valor de la libertad y personas más "sensibles" al valor de la igualdad, a la vez que entiende que la libre acción genera inevitablemente desigualdad y, por otra parte, la idea de igualdad termina introduciendo coercitivamente la redistribución. Entonces, afirma, la alternativa viable como solución de elección, como resolución al problema social, debe contemplar la fusión de lo mejor de una y otra tendencia.
Enfocándose en esa propuesta de fusión, entiende que si bien lo deseable para una comunidad es esperar que cada individuo obtenga la consecuencia de su acciones, del desarrollo de sus talentos y virtudes, el problema es que no todos partimos de posiciones igualitarias y, entonces, igualar el punto de partida sería lo primero y esencial.
Pero para que esto suceda se debería acabar con el mecanismo natural de transmisión de bienes económicos y herencia cultural en una familia, lo que Vaz Ferreira denomina “familismo”, régimen en donde las generaciones pasadas pesan sobre el presente y que reproduce la desigualdad sin más, sin contemplar los debidos merecimientos y esfuerzos que cada generación debe poner en juego.
Siendo esta una solución difícil de concretar (recordemos en tal sentido la crítica y propuesta de Vaz Ferreira para limitar la herencia) y que atenta en algún punto contra aspectos que son derechos entendibles de los padres (por ejemplo,  el hecho de brindarles, de heredarles, a sus hijos las “ventajas” culturales), lo que Vaz finalmente propone es atenuar las desigualdades para luego dejar primar una sociedad en donde los individuos sean responsables de sus actos, de su destino y lugar en la sociedad, más allá de lo que ha sido determinado de antemano por el familismo y más allá también del cobijo socializante y estatal.
Para ser más claros: socialismo hasta un punto y luego liberalismo, fusionando lo mejor de ambas tendencias. Asegurar al individuo un mínimum, unas condiciones básicas para una existencia digna que habilite un estado social en donde sea finalmente la idea de libertad la que prevalezca: 

“En verdad, se podría defender bastante simpáticamente esta posición máxima: asegurar (por socialización, o como fuera) a cada individuo, esas necesidades gruesas, pero como punto de partida para la libertad, a la cual se dejaría el resto” (obra citada, pág. 79)

Y aunque señala que van a darse diferentes puntos de vista -según el talante socialista o liberal de ocasión- respecto del momento adecuado para “abandonar” al individuo a la libertad, considera que hay un mínimo –un socialismo de “primer grado”- que es deseable asegurar: acceso a la educación, a los servicios de salud, a la vivienda, a la alimentación, a la vestimenta y a un derecho fundamental: el de tener una tierra de habitación; y todo con “una obligación de trabajo correlativa” por parte de los individuos asistidos.
Y advierte que en todo este proceso de fusión de horizontes ideológicos, de complementar antes que de oponer, es vital dejar de pensar el problema social en términos de problema de clases, en los términos -que consideraba negativos, confusos y simplistas- de burgueses y proletariados:

“Idea simplista; de gran valor de combate, y hasta ahora pragmáticamente buena en cierto efecto grueso, en cuanto tendió en el plano de la acción a mejorar en algo las condiciones del trabajo manual; pero simplista, lo repito, y de tal poder confusivo que hace imposible resolver y hasta pensar. (…) En cuanto a mí, no me gusta, o no me parece conveniente, pensar por “clases”; ni creo que se deba; se piensa y se siente y se resolvería mejor el problema, observando, juzgando y proyectando las que fueran las mejores organizaciones desde el punto de vista del bienestar de la seguridad, de la igualdad, del mejoramiento, del estímulo, de la libertad, de la fermentalidad, sin esas divisiones. (obra citada, pág. 63)

A grandes líneas, esta es la solución de elección que para el problema social propone Vaz; y más allá de la solución concreta -atendible y discutible- que presenta, resulta importante la perspectiva que sobre el asunto arroja y que entiendo es vital incorporar en nuestra cultura y práctica política.

Vaz Ferreira como guía para nuestras prácticas políticas

 “Comprender bien que todos los que piensan sensata y acertadamente sobre los problemas sociales, deben estar de acuerdo parcialmente; y comprender sobre qué deben estar de acuerdo y sobre qué, solamente, han de recaer sus posibles divergencias.” (obra citada, pág. 93)

Así, para quienes, en términos del lenguaje vazferreireano, no estamos “fanatizados ni unilateralizados”, ni creemos en que las “oposiciones polarizantes” y la “lucha de clases” sean lo mejor para nuestra democracia, el planteo de nuestro principal filósofo oficia como una guía, como una necesaria apelación a la moderación y el consenso, a un acento que nos remite al justo medio aristotélico, a la tarea de evitar los extremos y priorizar la búsqueda del bien común por sobre otros intereses particulares.
Frente a un nuevo período de conducción política en el país y ante la probabilidad de que finalmente terminen primando las prácticas y políticas polarizantes, y sigamos amarrados a las guerras de poder entre familias ideológicas, bien vale volver a colocar el planteo de Vaz Ferreira en el escenario del debate público.
Mucho necesitamos de  su apelación a la búsqueda de acuerdos como punto de partida para concretar acciones que beneficien al conjunto de la ciudadanía., de su modo de sintetizar un republicanismo liberal que representa lo mejor de nuestro siglo XX.
Su búsqueda y planteo de una ética mínima como base para alcanzar una fórmula de consenso social que mejore nuestra vida en común, y que a la par nos haga más libres como individuos, sigue representando un faro en el horizonte.