jueves, 9 de agosto de 2018

La neutralidad del Estado frente a lo religioso

Breve nota de mi autoría publicada en el semanario Voces del jueves pasado

La neutralidad del Estado frente a lo religioso

Poseer sólidas políticas de laicidad es uno de los mecanismos que las democracias tienen para garantizar la libertad de conciencia y de religión, para garantizar el respeto a las diferentes opciones religiosas que puedan darse a nivel social, por lo cual el tener una clara separación entre el campo político y el religioso es uno de los aspectos fundamentales a desarrollar y a preservar cuando se ha alcanzado.
Esta cuestión es aún más delicada cuando el posible vínculo se genera entre un partido o sector político y algunas organizaciones religiosas de dudosa buena fe, por decirlo de algún modo. En ningún sentido, por cierto, esto inhabilita a que a título personal un político pueda adherir públicamente a tal o cual religión (todos sabemos de la marcada fe cristiana de nuestro presidente Vázquez y de su entorno familiar) o admire a tal o cual líder religioso o incluso que se embandere “filosóficamente” con los valores positivos que entienda se encuentran en los principios y prácticas religiosas. Una cosa es el ámbito privado y la libertad de culto, pero otra muy distinta es cuando esa adhesión se hace desde el rol público, sea ya en representación de un partido político o en cargos que nos representan a todos.
Subvencionar, hacer apología religiosa desde espacios estatales o ser financiado en una campaña política por instituciones o movimientos religiosos es ingresar justamente en ese terreno donde la laicidad queda aplastada.
El artículo quinto de nuestra Constitución señala en su comienzo que “Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna”, lo cual contrasta, por ejemplo, con las declaraciones que hace poco tiempo atrás realizó el diputado nacionalista Gerardo Amarilla, quien señaló que “las leyes de Dios” están por encima de la República y de la Constitución. El punto, claro, no son las convicciones personales y la fe que en todo su derecho tenga quien ha presidido la Cámara de Diputados de nuestro país, sino que lo haga desde una función pública que justamente debe considerar a todos y mantener como una única fe, en el marco de sus funciones públicas en ese recinto sagrado de la República, el velar por la democracia en todas sus manifestaciones, guiado por los principios superiores de la Constitución.
En tal sentido, el trabajo que ha emprendido la Comisión Investigadora del Parlamento respecto de los posibles aportes de la Iglesia Misión Vida al sector político de la senadora Verónica Alonso son una buena señal de los límites que debemos tener siempre presentes en este tema: la neutralidad del Estado frente a lo religioso es parte del debido respeto a los derechos de los ciudadanos y a la base de la convivencia enmarcada en sociedades plurales

1 comentario:

gabriel dijo...

Cuidado Pablo en no caer en una laicidad excluyente. La laicidad solo dice que el Estado es neutro en materia religiosa, es decir no es confesional, pero tampoco contrario a lo religioso. La religión es un hecho social como el arte, el deporte, etc. y el Estado debe reparar en él y promoverlo. Así lo hacen los Estados verdaderamente laicos. Insisto en que el Estado debe promover la religión, no una confesión determinada. El Estado promueve el fútbol sin ser de un club determinado. En este sentido debe existir total libertad para expresar creencias y convicciones y no veo nada malo en lo que expresó el Diputado Amarilla, en la medida que no dijo que el Estado debía estar sometido a las leyes divinas. Por otra parte, Vázquez no es cristiano, sí su esposa y alguno de sus hijos. En cuanto al apoyo de una confesión religiosa a un grupo político no significa confesionalismo ni ata, en principio, al grupo partidario a una creencia. Hay que tener mucho cuidado en no confundir laicidad con exclusión de lo religioso. Igual daría para hablar mucho más. Pero en principio no estoy de acuerdo con tu postura, que pierde el equilibrio hacia una laicidad negativa.