martes, 21 de junio de 2011

Entre el dolor de la lucidez y la crisis educativa

En un pasaje de la película argentina Lugares comunes (2002, dirigida por Adolfo Aristarain) el profesor Fernando Robles -interpretado por Federico Luppi- se dirige a sus alumnos –futuros profesores universitarios de Literatura como él- para dar cuenta de su perspectiva de lo que es enseñar, de lo que supone ser un docente. Para Robles, educar no solo es enseñar a pensar, enseñar a dudar, enseñar a que los alumnos se hagan sus propias preguntas y busquen sus propias respuestas -sabiendo que toda verdad es siempre relativa y que hay que evitar el pensamiento dogmático- sino que sobre todo supone despertar en los alumnos “el dolor de la lucidez, sin límites, sin piedad”.

El dolor de la lucidez que, sin embargo, parece traer consigo inesperados vuelcos, al menos en cuanto a la virtud última y sin reservas con que se presenta en el discurso del profesor Robles. Entre esos vuelcos no pronosticados en el positivo diagnóstico del profesor, está el hecho de que algunos luego de descorrer ese velo de la ignorancia -y abrirse a la luz de la “dolorosa lucidez”- terminan añorando íntimamente su anterior –ahora evaluada así- felicidad del ignorante y desearían el poder ahorrarse ciertos dolores existenciales, el bloqueo de la lucidez amarga que no les permite siquiera disfrutar de los pequeños agradables momentos que la vida cotidiana –-aburrida, superficial y rutinaria- antes sí les deparaba; o ese vuelco terrible que toman algunos colegas docentes por el cual terminan tan irónicamente amargados que solo les sale ser demasiados propensos a dar dolor al otro más que a habilitar en forma alguna el camino a la lucidez. Ciertamente, el “sin límites y sin piedad” puede tener su lado algo perverso respecto del otro al momento del ejercicio de la docencia.

También acotaría que la lucidez no tiene que ser necesariamente dolorosa, aunque resulte innegable el hecho de que romper con aquello que nos cegaba -y el abrirnos a visiones más amplias y menos ingenuas de las cosas- supone un acto de romper con lo establecido en nuestras cabezas y en nuestras vidas y modifica radicalmente nuestros vínculos, por lo cual casi necesariamente parece suponer siempre un parto doloroso. El punto discutible de la concepción parece ser la idea de que quizás pueda entenderse que lucidez y dolor son inseparables en todo momento. ¿No hay felicidad posible siquiera acaso en las “alturas” de la lucidez? ¿O el iluminado solo puede estar condenado al dolor de la “soledad ilustrada”, del paria que ha visto cómo las cosas finalmente son y no tiene más remedio que vivir aislado entre sus semejantes? Creo que hay cierto mito romántico mal curado en tal asunto.

Pero, pese a estos reparos -no taxativos, por cierto- que creo conveniente tener en cuenta, ciertamente existe buena parte de razón en lo que dice el personaje interpretado por Luppi y claramente parece ser más recomendable arriesgarse al dolor de la lucidez que al vivir en la felicidad de la ignorancia. ¿O no lo creen así?

Como sea, parece ser propio de la práctica de todo docente el asumir esa desgastante tarea de despertar la lucidez en el prójimo, o sea, en sus alumnos (aunque no ciertamente el ser docente implique que uno haya adquirido esa lucidez, o al menos en todos sus grados, algo que también parece darse por supuesto, aunque la propia práctica, creo, lo desmiente en muchas ocasiones). Pero también sobre este punto tengo ciertas reservas, pues cuando se asume ese rol en la práctica (y muchos no lo asumen, por cierto) surgen frecuentemente efectos colaterales no muy recomendables: tenemos docentes que directamente trivializan esa tarea y se enmarcan en la obsesiva didactización –de pirotécnicas formas pero sin contenidos sustanciales- del saber a trasmitir; otros que se oponen a cualquier forma de intentar conducir al alumno a algo -en tanto se plantean como “outsiders” de la institucionalidad y creen en una especie de horizontalidad anti-sistema por la cual terminan en definitiva renunciando a lo fundamental de su rol, haciendo más bien de agitadores adolescentizados o –en el caso de secundaria- queriendo convertirse simplemente en amigos comprensivos del alumno; y también tenemos a aquellos que creen que los docentes somos el último resabio crítico de la sociedad y se dedican básicamente a demostrar a sus alumnos lo tan superficiales que son y lo tan idiota que es la sociedad en su conjunto (salvo ellos, claro).

En fin, que el encendido discurso del personaje del profesor Robles ha despertado en mí alguna forma de reacción y reflexión, que no sé si supone un mayor grado de lucidez sobre asuntos como “qué supone el enseñar” (que es a lo que me dedico y que, por lo tanto, me interesa pensar), pero sí me ha motivado a escribir estas breves líneas con el fin de aportar algo mínimo a un debate que se debería enmarcar en algo aún mayor y que tiene que ver con la tan mentada crisis educativa, que período tras período de gobierno se convierte en un jingle y un modismo político y desencadena desgastantes -y poco lúcidos- enfrentamientos entre la clase política y los actores educativos. Pues, quizás deberíamos empezar no tanto por pensar en términos de rendimientos cuantitativos y cifras sobre ausentismos y pruebas nacionales y/o internacionales que legalicen o no el saber que estamos trasmitiendo en una o dos materias consideradas básicas, sino que deberíamos abocarnos a la tarea de pensar más seriamente en qué formas de la lucidez queremos para nuestra comunidad –o si preferimos seguir ahondando en la felicidad de la ignorancia funcional, quizás- , en qué tipo de docente hay que apostar a concebir desde los Institutos de formación docente -y en nuestras universidades- y qué podemos hacer al respecto en lo inmediato.

Puede que sea importante retomar esos lugares comunes de los que, en definitiva, habla Robles en cuanto a la educación y su rol social. Lo educativo debe retomar su especificidad, su lugar común, que no es nada más ni nada menos que el de la formación intelectual y el de intentar generar esa específica forma intelectual de la lucidez en nuestros ciudadanos. Tanto los actores educativos como la clase política deberían atender tal punto y trabajar en conjunto para alcanzar objetivos que nos son comunes.

En tanto, solo asistimos sin límites y sin piedad a la falta de ese lugar común de la lucidez.

9 comentarios:

Cat dijo...

¡si de acuerdo! me parece esencial que este tipo de educación no es ni meramente ni esencialmente intelectual, o mental. Debe incluir un desarrollo emocional tan como aesthetico-perceptual sin que no vamos a tocar que a una minoría de los alumnos, con un estile de aprendizaje específico, mientras los con otros "tipos de cabeza" no podrán participar. "Mente, corazón y sentidos/cuerpo" se encuentran en combinaciones únicas, o por lo menos en tipologías de grande diversidad. La diversidad de nuestros seres me parece también la fuente de soluciones para los problemas que esa misma diversidad cree en el ya viejo mundo de estandartes :)

Anónimo dijo...

Pablo: Me pareció de gran "lucidez", sin complemantarla, necesariamente, con el dolor, la Nota que publicás. Ubicás muy bien el rol docente que no busca sitios inadecuados para desarrollarse, como por ej. esa "adolecentización" y el pretenderse los docentes "amigos" de los estudiantes o el exhibirse despectivos con ellos y el mundo, extremos que todos conocemos. El rol docente tiene que establecerse, instaurarse de modo adecuado, en cualquier época, más decadente o más floreciente! Coincido mucho con tu reflexión, con las preguntas que te hiciste y hacés a partir del cuestionamiento que emerge de la exposición del Prof. Robles. Es más fácil quejarse, patear el tablero o plantear falsas dicotomías que enfrentar un rol más que difícil y comprometido con alumnos, disciplina a enseñarse y sociedad toda. Creo que tu análisis cuestiona esto con muy buen tino, sustentado, también, por la extensa y vívida experiencia. Mis saludos afectuosos! María Vidal



Ciertamente, el “sin límites y sin piedad” puede tener su lado algo perverso respecto del otro al momento del ejercicio de la docencia.

gl dijo...

En cuanto a la primera parte, hay una división transversal que complica las cosas: la gente que tiene tendencia a "ser sufrida" lo será en la ignorancia o en el saber, y lo mismo con la que tiene tendencia a ser feliz. Lo que uno descubre cuando se ilustra pocas veces es tan trascendente como para cambiarlo de un lado a otro de esa división.
Lamolle

rb dijo...

Mira, el problema lo tendras si tu lucidezx y busqueda de una enseñanza libre de topicos te lleva a poner en duda o revisar o investigar algo que se salga de 'Pensamiento Unico Legal' ... en ese caso terminaras en un proceso o expulsado de la enseñanza....
Los limites de la enseñanza están en no molestar excesivamente al poder.... y menos en aquello que considera 'su religión' de creencia obligada...

Anónimo dijo...

Creo que hay varios silogismos de falsa oposición.
La ignorancia no crea necesariamente felicidad y la lucidez tampoco produce infelicidad.
Por otro lado para adquirir "lucidez" es imprescindible tener un mínimo de conocimientos que solo se obtienen con la educación. Si renunciamos a lo que pensaron las generaciones que nos precedieron vamos a terminar odiando a Gutenberg...
Lo que si se puede hacer sin educación formal es tener un comportamiento social correcto (que no tiene nada que ver con la "lucidez" a que se refiere) si se aprende en un ambiente familiar bueno: valores como la honestidad, amor al trabajo, respeto, etc. Aunque el mundo actual exige conocimientos para poder trabajar y por otro lado se ha ido destruyendo la salud de la familia.

RAQUEL ORZUJ dijo...

PABLO ROMERO, COMO SIEMPRE GRACIAS
PUES SÍ, ES MUY BUENO. PROMOVER, LA CAPACIDAD DE ANÁLISIS CRÍTICO Y CREATIVIDAD DEL EDUCANDO-
LOS IHICIOS EN URUGUAY, CON NUESTROS TALLERES EXPERIMENTALES, Y MAS EN ESPAÑA...DAN FE DE ÉLLO...
ABRAZO
RAQUEL ORZUJ- URUGUAY
INTERNATIONAL EDITORIAL CARTOONIST
VISUAL ARTIST/FILM DIRECTOR

Marelise dijo...

Fizeste uma boa provocação, Pablo! A crise na educação precisa ser exposta para podermos dialogar e quem sabe criar um “outro lugar comum”, já que o que estamos inseridos, como educadores, é o lugar dos “silenciados”. Como ensinar de modo que oportunize aos nossos alunos (e a nós mesmos) refletir para compreender e transformar? Como fazer uma metodologia que transite entre a regulação e emancipação e ajude a termos a deseja “lucidez”, sem necessariamente que este processo ocorra de modo “tão doloroso”?! Penso, que podemos construir um “lugar comum”, mas temos que buscar alternativas para nos formar enquanto formamos...
Um forte abraço,
Marelise

Pablo Romero dijo...

Reenvío comentario de mi amigo y colega Mauricio Langón. Dice:

Ta bien: el discursito te movió a pensar a partir del "lugar común" final, que obviamente sintetiza la propuesta de Lupi/Aristarain/Robles. Tus reflexiones me parecen muy atinadas (aunque algunos aspectos como esa "necesidad" de tipificar a los docentes no me convencen demasiado, porque parece que no fuéramos todos un poco cada uno de esos "tipos"). Particularmente tus reflexiones sobre el dolor de la lucidez y la impiedad (las "ilimitaciones" no aparecen tanto en tu comentario) y la "aplicación" del asunto a la "crisis" educativa.

El discursito de Robles incluye otros aspectos que valdría la pena resaltar también. El tonito dogmático del todo; el énfasis del epitafio final con lápida y todo... Se supone que el alumno (no digo el espectador, porque un film es algo para abrir la discusión, aunque dé normas... ) ha de aceptar lo que magister dixit (más allá que lo que diga el maestro pueda ser excelente y compartible). Y como lúcidamente ves, eso está en la raíz de los posibles vuelcos sado-masoquistas que denunciás. Más que la lucidez lo que propone Robles es la obediencia, en imponer dolor. En efecto, tenés razón: no está proponiendo tanto una lucidez ilimitada, ni iluminar "sin piedad" hasta el último rincón, sino el dolor sin límites y sin piedad. Porque no da razones por las cuales habría que ser lúcido (sin límites y sin piedad) aunque ser lúcido implicara siempre dolor (lo que tampoco está demostrado, tenés razón que la lucidez no tiene por qué ser siempre ni sólo dolor). Más bien lo que hace es algo así como ordenar una didáctica del dolor. Porque, claro, el dolor (como el sufrimiento, el esfuerzo, el sacrificio, el martirio) tienen su "valor" didáctico. Particularmente cuando asumimos la docencia como alguna forma de apostolado. Que es, justamente, una forma de limitación la lucidez, en la medida en que tenemos piedad por nosotros mismos o al menos por nuestras ideas, y excluimos del análisis lúcido, nuestros propios evangelios. De modo que, paradoja, la doxa de Robles "dice" aquello que no "hace" al decirlo.

Dante Chalco dijo...

Pablito: El error de "Robles" es el error garrafal que cometen la mayoría de los educadores, y es el de considerar deficientes mentales a las verdades reveladas de Dios. Ese principio, idea o concepto se antepone a su discurso porque simple y llanamente lo descalabra, con el primer sopetón, si pretende entablar una seria y verdadera confrontación en las que sus argumentos más encumbrados le han de llegar a la punta del zapato del cristianismo. Por supuesto que no hay felicidad en la lucidez, nunca la hubo ni la habrá porque, ciertamente, lucidez sin Dios, da mucho dolor, preferiría la felicidad de la ignorancia porque en ella se recrea más aquel que nos creó.......