viernes, 10 de enero de 2020

La cultura a la calle y en circulación

Comparto mi artículo La cultura a la calle y en circulación, publicado originalmente en el portal de noticias Agesor: http://www.agesor.com.uy/noticia.php?id=42733
Y que pueden leer completo también aquí:

La cultura a la calle y en circulación


En pocas horas más dará inicio en la ciudad de Mercedes una nueva edición de un evento sin comparación: el Jazz a la Calle. He participado como espectador en todas las ediciones y, a poco más de una década de iniciada esta aventura, ya se percibe en toda la ciudad su positivo efecto cultural. Se ven niños y jóvenes con sus instrumentos musicales a cuestas, incluso niños tocando en el patio de la Manzana 20, el lugar  elegido por los músicos para sus inspiradas sesiones de Jam. Y, sobre todo, se percibe un aire de interés y formación por el lenguaje y la sensibilidad musical, lo cual traspasa el ámbito específico de la música para convertirse en un aporte cultural que va generando un sedimento diferencial a favor del lugareño y todos aquellos que participan de la experiencia, llevándose consigo un valor fundamental: un salto de calidad en su apreciación estética y un incremento de su capital cultural.  
Uno de los aspectos centrales de la propuesta, más allá de los espectáculos que noche a noche se desarrollan en el escenario principal, es la realización diaria de las llamadas Clínicas, donde músicos de diversos lugares del mundo interactúan desde un plano formativo con los asistentes, reflexionando sobre las diferentes aristas conceptuales y prácticas que hacen al oficio del músico.  Este punto es clave: la apreciación de un hecho cultural requiere siempre la formación de una subjetividad que logre valorarlo. Y esta siempre es una tarea de largo aliento. Y de largo alcance, claro. En tal sentido, incluso han ido a más: el Jazz a la Calle se ha transformado en un movimiento cultural que funciona durante todo el año, constituyéndose como una Escuela de Música que brinda una excelente formación para niños, jóvenes y adultos, a la par que organizan toques frecuentemente.
De este modo, el Movimiento Cultural Jazz a la Calle ha logrado convertir en efectiva realidad lo que desde su declaración de principios plantea como objetivo: “promover y difundir, por todos los medios a su alcance, la música en su más pura neutralidad a través del conocimiento ético, que comienza con la ampliación de las fronteras de la inteligencia, el espíritu, los afectos y la emotividad de nuestro colectivo social contribuyendo de esta manera a conformar una columna de seres humanos sensibilizados y comprometidos con la generación, re creación y percepción de la realidad teniendo como sólido puntal la música sustancial que promovemos y difundimos tanto en sus formas como en sus contenidos”, desde un entendimiento que visualiza todo el proceso como una “reconstrucción social y humana a largo plazo cuyo fin es impulsar la música como herramienta, como intermediaria entre lo que somos y lo que queremos ser promoviendo la transformación de las personas, de trabajar los valores y una nueva percepción de la realidad a través de los sentidos”. ( http://www.jazzalacalle.com.uy/acerca_de.html )
Esta Movimiento de cuño mercedario nos enseña, pues, que las políticas culturales deben focalizarse en la construcción de una subjetividad ciudadana caracterizada por su capacidad de apreciar una rica grilla de experiencias estéticas, de poder acercarse a diferentes registros de la sensibilidad y el intelecto, insumos principales de toda cultura. Y la cultura es, en definitiva, el principal valor y reflejo de una comunidad. 
En este mismo sentido, hace un par de años  tuve la oportunidad de participar en la puesta en marcha del Sistema de Circulación Cultural impulsado por la Dirección Nacional de Cultura del MEC, desde un lugar que tiene que ver en buena medida con lo que sucede con las Clínicas y la apuesta a la formación permanente del Jazz a la calle: acompañando a los espectáculos que se pusieron en marcha, llevé adelante talleres de reflexión sobre el concepto de cultura y el vínculo entre la educación y el capital cultural, a los cuales asistieron estudiantes, docentes, artistas, comunicadores, gestores culturales y todos aquellos ciudadanos (que, por cierto, fueron varios) interesados en los temas propuestos. Los talleres se realizaron en las ciudades de Mercedes, Fray Bentos, Salto, Paysandú y Bella Unión, abarcando el espacio regional donde se puso en marcha ese primer tramo del Sistema de Circulación Cultural, en una apuesta territorial que buscó incluir a todos los uruguayos sin excepción, en tanto la descentralización cultural es un aspecto clave.
Ambas experiencias, en donde participé desde diferentes roles, han fortalecido mi comprensión de que es vital entender que no alcanza con la puesta en escena de un hecho artístico. El impacto cultural se da particularmente cuando la reflexión se hace presente, cuando acompaña y enriquece, cuando la apuesta es al diálogo, al debate, a la formación intelectual, más allá de la importancia que en sí mismo tiene el participar como espectador de los hechos artísticos en concreto. Cuando se baja el telón y el artista deja el escenario es cuando podemos apreciar si ciertamente las políticas culturales han entrado en juego. 
Generar espacios de reflexión implica el paso de real democratización de la cultura: no alcanza con el derecho de acceder, sino que urge apostar al empoderamiento. Las brechas culturales se acortan finalmente desde un escalón siguiente al del acceso. 
Cuando la cultura va a la calle y circula desde la formación permanente es cuando efectivamente estamos construyendo una comunidad que apuesta por los derechos culturales de todos.
Chapeau, Jazz a la Calle, que nos está demostrando que ese camino es posible.


jueves, 9 de enero de 2020

El futuro de la democracia en América Latina

Sobre el tema, los invito a leer mi artículo, sea en esta entrada en el blog o en las Agencias de Noticias Uypress: https://www.uypress.net/auc.aspx?101371 o Agesor: http://www.agesor.com.uy/noticia.php?id=42704


El futuro de la democracia en América Latina

Hace casi una década, en Buenos Aires e invitado por el sociólogo y analista político argentino Gabriel Palumbo, participé como exponente en el Museo Roca de un seminario que instaba a pensar sobre el futuro de la democracia en América Latina. Tuve el gusto de compartir mesa con mi colega argentino Samuel Cabanchik (en ese entonces, Senador Nacional) y con Adolfo Zaldívar (quien por esos años era el Embajador de Chile en Argentina). El afiche de presentación de la actividad señalaba que “los procesos democráticos de América del Sur están cruzados por distintas narrativas que combinan el ejercicio memorístico reivindicativo de un pasado muchas veces ilusorio con un esfuerzo para pensar el futuro.
Y al respecto de esas narrativas en juego, mi participación colocaba en escena un planteo que una década después -o sea, en el futuro a mediano plazo en relación a cuando fue esbozado- me parece necesario reivindicar en varios de sus puntos, particularmente en momentos en que la región se encuentra signada por conflictos, desangrada por enfrentamientos sociales y políticos.
Poco y nada hemos avanzado respecto del futuro que en mi participación se postulaba como necesario de construir. Y en algunos de nuestros países, directamente hemos ido en franco retroceso.
Los invito, entonces, a leer la parte medular de mi exposición de ese entonces (y a generar renovados espacios de debates sobre el tema):

 Dos narrativas, entre el pasado y el futuro

Al embarcarnos en la tarea de análisis de las diferentes narrativas que están conviviendo, nos encontramos con una cuestión que parece haberse convertido en un lugar común de todo análisis político sobre la realidad democrática de estos últimos años en la región: la existencia de dos bloques marcadamente diferenciados. Por un lado, gobiernos que podríamos caracterizar como socialdemócratas, de perfil moderado, en donde finalmente cobran mayor importancia las instituciones que los personalismos políticos y, por otro lado, un bloque de gobiernos de corte populista, confrontativos y nacionalistas, embarcados en la denominada “revolución bolivariana”, con líderes que parecen ser más importantes que las instituciones y en donde las constituciones parecen ser un espacio de reforma y ajuste vinculado al proyecto político de ocasión.
Y, al respecto, no quiero eludir la responsabilidad de tomar parte en el asunto y asumir una clara posición sobre esta circunstancia: el futuro de la democracia en la región tiene que discurrir por canales en donde se deje de lado la nefasta práctica de sustituir el peso de las instituciones por personalismos casi omnipotentes. Hay que fortalecer los Estados de Derecho y generar prácticas de acuerdos y consensos que estén más allá de las figuras políticas rutilantes y más allá, incluso, de la partidocracia, que es otro de los déficits democráticos que aquejan a nuestros países.
Los partidos políticos son actores sustanciales, pero no así su deformación en la práctica, que es la partidocracia, o sea, el defecto de que se gobierne por, para y desde los intereses particulares de las altas esferas de los partidos políticos en el poder.
Debemos pensar en políticas de estado proyectadas a veinte o treinta años en los puntos claves de nuestras sociedades, impulsando que no estén atadas a líderes y partidos políticos eventualmente establecidos en el poder, lo cual genera que el Estado termine convertido en un simple ejecutor de las decisiones de los órganos partidarios.
A su vez, impulsar una política de concordia que pueda ir sustituyendo la práctica de obtener réditos y parcelas de poder sobre la base de impulsar constantemente la teoría del conflicto (y de que sólo una mano dura y el paternalismo político va a poder vencer el “oscuro poder que se esconde tras bambalinas”).
Hace poco el filósofo argentino Enrique Dussel dictó una charla en la Facultad de Humanidades de Montevideo, en la cual señalaba que veía en el proyecto bolivariano la verdadera emancipación latinoamericana. Y en un momento alguien del público intervino señalando “la imposición desde arriba y el afán de perpetuación en el poder” que veía en ese proyecto encabezado por Venezuela, planteando la duda sobre si no se corría el riesgo de que “termine siendo una dictadura en unos pocos años”.
Frente a la interrogante lanzada al ruedo, Dussel responde afirmativamente, señalando que efectivamente puede terminar en una dictadura, pero que hay que partir de cada situación en especial y que en Venezuela hay un punto de partida muy duro y una marcada desventaja respecto de sociedades como las de Uruguay, en donde las democracias parecen estar consolidadas y que, entonces, hay que entender que “cuando Chávez en Aló presidente los domingos se pasa 5 horas en un programa de televisión, la gente se ríe y dice que parece un artista de cine, pero el hombre está ahí realmente haciendo la tarea de un maestro de escuela, explicándole a la gente todo lo que está pasando. Es una escuela, pero una escuela casi primaria muchas veces”.
Y yo creo, a diferencia de Dussel, que precisamente esta actitud es parte del problema y no de la solución. Esa forma de infantilizar a las instituciones, a las organizaciones sociales, a los ciudadanos, dejándolos a todos bajo el ala de la figura paternalista, del gobernante devenido en Maestro iluminado, es precisamente una práctica que hay que desterrar de nuestro imaginario y quehacer político.
Ya hemos visto en nuestra región cómo a veces el maestro se efectiviza en el cargo por medio siglo y disfruta de variados privilegios, a la par que abona la prédica de colocar al ciudadano en el rol del pequeño niño que hay que guiar y cuidar porque no puede andar por sí solo, ni tiene conciencia sobre los peligros y riesgos morales del “perverso mundo” que le rodea.

El futuro es aristotélico

El futuro de la democracia en América Latina debe orientarse a la asunción de su mayoría de edad, al encarnar políticamente sus responsabilidades como sociedades adultas. Y si hemos de volver a algún punto reivindicable del pasado como proyecto saludable de futuro, tendríamos que irnos unos cuantos siglos atrás para instalarnos en la cuna del nacimiento de la filosofía occidental, regresar a la obra mayor de nuestra cultura en el terreno de la filosofía política, La Política de Aristóteles.
La idea de priorizar la consolidación de una democracia republicana por sobre otros modelos posibles de gobierno y la práctica política vinculada al desarrollo de determinadas virtudes éticas, entre las que cuenta el evitar los extremos y defender la alternancia entre las condiciones de gobernante y gobernado, sigue siendo un proyecto político radical.
Algunos entienden que la posición de Aristóteles es conservadora y que su “punto medio” como propuesta ética y política, en donde impera la búsqueda del bien común a partir del cultivo de virtudes como la moderación, la prudencia y la razón dialogante, puede ser finalmente asunto bueno para que nada cambie. Por el contrario, la experiencia política latinoamericana nos enseña que radicalizar posiciones es la manera más cómoda de plantarse en la arena política y la mejor manera de ser un conservador.
La importancia de los Estados de Derecho, el dejar de lado las viejas teorías del conflicto y los eslóganes del “todo o nada”, la apuesta por políticas públicas a largo plazo y la superación de la lógica de “la reinvención permanente de la rueda” (cada vez que llega un nuevo gobierno al poder viene dispuesto a formatear el disco duro de todo lo anterior y arrancar casi de cero para poner en práctica las nuevas verdades reveladas) son elementos cruciales para conformar el futuro que América Latina se merece.
Esto, claro, requiere terminar de desterrar las prácticas políticas de imponerse a los gritos y el romanticismo de los “héroes de clases”. Se necesita, en todo caso, otra forma de “heroísmo” y “valentía”, mucho más difícil de poner en práctica: el diálogo sereno, el respeto por las diferencias, priorizar la vía de la argumentación, de la persuasión en base a buenas ideas, praxis imprescindible de madurez democrática.
Más que el interés de clase y el conflicto permanente, necesitamos contar con ciudadanos que piensen y actúen efectivamente en función del bien comunitario. Ese el objetivo primordial: el bien común. Y es algo que no se consigue a los gritos ni desde la épica de la violencia como “partera de la historia”.
El privilegio de poseer una vida política sin mayores sobresaltos, fundada en una civilizada convivencia política, es un reto primordial para nuestra Latinoamérica.
En este presente de la región, radical es aquel que sostiene la importancia de los equilibrios y pregona la necesidad de quebrar el viejo vicio político de gobernar sin el otro. Más importante que el gobierno de un partido es el conformar un sistema de partidos que sea capaz de generar políticas de justicia social más allá de quién sea el siguiente presidente.
Por supuesto, a los que viven la política como un hincha fanático vociferando desde la tribuna del estadio de fútbol o a quienes solo conciben la política como un espacio de conflicto permanente (y ensalzan dicha visión como el único signo de capacidad “crítica”), les resulte casi intolerable tanta moderación democrática.
Hay que vacunarse contra los discursos que alientan el fanatismo y la simplificación de dividir el mundo en buenos y malos. La realidad es menos cómoda. Y la palabra consenso es un concepto de una radicalidad democrática que no pueden entender quienes entienden que lo radical es imponer bajo cualquier costo y por cualquier medio la posición propia.
Buscar consensos no es desconocer las luchas de intereses, ni los juegos de poder, ni supone ser ingenuamente neutral, sino tener madurez política como sociedad. El que ha naturalizado la neutralidad está en el otro extremo del que sólo ve poder e intereses en todos lados (sobre todo, los “perversos intereses” del otro) y ha quedado paralizado para pensar junto a los demás. Son dos caras de la misma moneda.
El ciudadano que resulta vital a la hora de construir democracias saludables es el que no está en esos extremos, es el que está en el punto medio, en donde se reconoce la presencia de los intereses y los juegos de poder, pero supera esa barrera para buscar puntos de encuentros y apreciar los mejores argumentos en busca de resoluciones colectivas a problemas en común.

Hacia una cultura de la otredad y la madurez política

Es necesario y urgente comenzar a educar en prácticas argumentativas adecuadas a las exigencias democráticas y en una educación que priorice la diferencia por sobre la igualdad, en la medida que somos iguales en la diferencia y sólo generando una cultura de la otredad estaremos en condiciones de lograr acuerdos sociales que, respetando las ideas del otro, garanticen la debida igualdad.
Debemos ponernos a resguardo de aquellos modelos de gobierno en donde lo que reina es la desigualdad por imposición de ideas de quienes ostentan el poder político o la mayoría ideológica de turno.
Proyectar un futuro de democracias latinoamericanas finalmente maduras y colaborativas entre sí, unidas en lo interno y hacia afuera para superar sus problemas de desigualdad social, supone asumir el reto de dejar de lado el uso del poder político como generador de conflictos dicotómicos estériles, incorporando una agenda de fuerte contenido social que busque superar sus problemas en términos cooperativos.
Mi apuesta es por una concepción de América Latina desde una tradición humanística que apuntale la formación y la responsabilidad de quienes conducen los países de nuestra región. El principal escollo somos nosotros mismos y el futuro sigue estando –como siempre- en nuestras propias manos. La tarea es difícil, pero no imposible. Y nos urge intentarlo.


lunes, 23 de diciembre de 2019

¿Para qué educar en el ciclo básico?

Comparto mi nuevo artículo publicado en Uypress: https://www.uypress.net/auc.aspx?101052

¿Para qué educar en el ciclo básico?

En nuestro anterior artículo (Los desafíos educativos del nuevo gobierno) planteábamos, entre los varios puntos esbozados como prioritarios, la necesidad de focalizar buena parte de los esfuerzos del gobierno entrante en revertir el panorama que tenemos en el ciclo básico, convertido en la zona roja de nuestro sistema educativo.
Al cabo de los veinte años que llevo ejerciendo como docente en dicho tramo de la  escolarización, entiendo que estamos en un momento en donde hay dos ejes de atención ineludibles: el trabajo en competencias básicas –fundamentalmente en lectoescritura- y la educación en valores. Ambos aspectos son, por cierto, recogidos en mi proyecto Educación y capital cultural, donde planteo una reformulación curricular que incluya talleres sobre Argumentación y Ética para adolescentes. 
Los niveles básicos de competencias pueden y deben ser acompañados desde el ciclo básico por espacios de diálogo y reflexión sobre los valores deseables en una comunidad, lo que nos permitiría ir conformando una ciudadanía preparada tempranamente para el cultivo de la tolerancia, el respeto y la convivencia, entre otras aptitudes que repercuten en una mejor vida en común (y también, por cierto, en el mejor desarrollo de cualquier oficio, profesión o trabajo que más adelante esa persona realice en su vida adulta). 
Nuestro país, en un fenómeno que no es ajeno a muchas otras sociedades, atraviesa un déficit de capital cultural cuyo trasfondo implica un problema valorativo, o sea, forma parte de una crisis que es esencialmente moral. 
Buena parte del deterioro de nuestro entramado social está dado por una conjunción de ese estado de degradación cultural acompañado de ciertas valoraciones poco saludables individual y colectivamente. Mal podemos mejorar en competencias y contenidos si no formamos a la par un alumno capaz de apreciar, por ejemplo, la importancia de estudiar y de ser un buen compañero.
A su vez, los aprendizajes realmente significativos en el campo de la lectoescritura no pueden separarse de la capacidad de profundizar en aspectos argumentativos. El argumentar es una actividad que realizamos en todo momento y que define en buena medida nuestros vínculos y que conforma a largo plazo la medida de nuestra calidad democrática como sociedad. 
Mi experiencia como docente de Filosofía en bachillerato -y la ganada en los años en que ejercí como docente de Argumentación a nivel universitario- refuerzan el planteo de la pertinencia de comenzar tempranamente a trabajar en el fortalecimiento de una ética argumentativa. Hay que brindarles estas herramientas reflexivas sobre lenguaje y valores muchísimo antes de lo que lo venimos haciendo. Insisto, se puede y se debe.
Desde estos espacios se podrían tocar fibras que son vitales motivar y movilizar a esa edad y suponen, como señalábamos al comienzo, el debido complemento a otras competencias básicas, pues son generadoras de un sentido que es elemental comenzar por construir desde el inicio de la adolescencia y su vida liceal. 
Es clave que los alumnos del ciclo básico puedan comprender, por ejemplo, por qué es importante el formarse intelectualmente, o por qué es deseable reflexionar sobre nuestros actos y sus consecuencias, o  por qué es valioso el escribir sin faltas de ortografía o el saber pensar matemáticamente, o por qué es necesario saber bucear adecuadamente en el mar de información que las nuevas tecnologías han puesto a disposición.
Debemos enfocarnos en revertir el sinsentido, el disvalor y la baja capacidad de reflexión, elementos que están enrabados entre sí y que tienen múltiples causas. Escapa a las  instituciones educativos la posibilidad de una solución total del tema, lo cual no nos debe impedir ser conscientes de que es justamente en ellas en donde se juega buena parte de las posibilidades de rectificar tal panorama. 
Los principales problemas que el país está padeciendo en materia educativa, tienen que ver básicamente con el debilitamiento del tejido que conforma el espacio ético-cultural. Fallará toda política de gestión o proyecto técnico en áreas como la educación si no se concibe desde el fortalecimiento de valores culturales y una cultura de valores que fortalezcan las dos áreas fundamentales de la vida de una persona: la capacidad de reflexionar y la capacidad de valorar. Y educar es, ante todo, formar personas. Y formar personas es formar ciudadanos, formar república, o sea, sembrar y cosechar un futuro deseable en común.