domingo, 29 de noviembre de 2009

El día después de las elecciones presidenciales

Los resultados electorales de la segunda vuelta han confirmado lo que las encuestas marcaban ya varios días antes: José “Pepe” Mujica es el nuevo presidente de Uruguay. El carismático ex guerrillero y líder histórico del Movimiento de Participación Popular (MPP), cuya vida amerita a estas alturas novelarse y llevarse a las pantallas del séptimo arte, asumirá en marzo próximo como presidente de todos los uruguayos, comandando el segundo período de gobierno de la izquierda uruguaya. 
Y siendo una noche de festejo para la mayoría de la ciudadanía–y para todos teniendo en cuenta que nuevamente fue una jornada de festejo democrático y ejemplo de tolerancia y respeto -, el día después ya se empezó a palpitar y a cobrar relevancia en la escena política local. 
En este sentido, el primer discurso de Mujica como presidente electo ya ha tenido una importancia central, al menos desde el punto de vista de las intenciones: su resonada sentencia, a pocos minutos de conocer su victoria en las urnas, de que “no hay vencidos ni vencedores” –frase de espíritu artiguista y utilizada en nuestros pagos para sellar la paz en épocas de la Guerra Grande-  y su apelación a la unidad política a favor de todos los uruguayos más allá de las divisas partidarias, es un auspicioso síntoma inicial respecto de avanzar en políticas de estado que vayan más allá de la partidocracia, enfermedad crónica de varias sociedades democráticas, incluida la uruguaya . Es que no es un asunto menor, sobre todo para un país pequeño y aún dependiente como el nuestro, que se avance en este sentido en los próximos cinco años. A su vez, el derrotado en las urnas, el líder nacionalista Luis Alberto Lacalle, también sostuvo en su discurso un tono conciliador y de mirada más allá de los resultados puntuales y los meros intereses partidarios.  
¿Se concretarán finalmente estas buenas intenciones iniciales? ¿Es posible lograr acuerdos luego de una campaña electoral que fue bastante ríspida por momentos y en donde primaron las descalificaciones personales más que las ideas? ¿Es posible dejar de lado las diferencias ideológicas tan marcadas en algunos puntos y concentrarse en aquellos ítems en los que se tiene o se puede tener una mirada en común? El día después, que es en definitiva el día más importante para todos, nos irá despejando estas dudas. De momento, estas buenas intenciones son solo las del minuto después. En tanto, hay mucho análisis por hacer sobre otro día histórico, en donde la izquierda uruguaya sale fortalecida, logrando llevar a la presidencia a una figura fuertemente cuestionada por la oposición y que, paradójicamente, podría ser quien dé un histórico paso en cuanto a lograr quebrar el viejo vicio político uruguayo de gobernar sin el otro, sin el perdedor en esa dicotomía de izquierda versus derecha. El tiempo lo dirá. Y la voluntad política, claro.

lunes, 9 de noviembre de 2009

20 años después del Muro de Berlín: reflexiones para el debate

Estimados/as, el diario El Observador publicó en su tapa del día sábado y en las primeras 7 páginas un informe especial sobre los 20 años de la caída del muro de Berlín. Les transcribo la nota de la periodista María de los Ángeles Orfila que abre el informe, y en donde participamos dando nuestro punto de vista el docente e investigador Mario Dotta, el historiador y politólogo Jaime Yaffe y yo.
A su vez, les invito a descargar el informe completo del diario El Observador sobre el tema, que incluye además de esta nota inicial, un artículo de Guillermo Chifflet, de Julio María Sanguinetti, testimonios de participantes directos en el evento histórico, datos, referencias a los otros muros que aún existen en el mundo y una cuidada producción fotográfica. Muy recomendable el trabajo de El Observador.
Pueden descargar el informe completo desde este link: http://www.box.net/shared/6ufcnkilih 

Y acá va la nota inicial del informe:

20 AÑOS DESPUÉS DEL MURO

Fue un momento clave en la historia de la humanidad y en su lucha por la libertad. Se cumplen 20 años del fin de una era signada por la confrontación de dos superpotencias, un conflicto Este-Oeste que hoy adquirió nuevos ribetes 

Aquel día de gloria

POR MARÍA DE LOS ÁNGELES ORFILA
DE LA REDACCIÓN DE EL OBSERVADOR

Christel Reuters vio cómo se colocaba bloque de concreto sobre bloque de concreto aquel 13 de octubre de 1961 sin saber qué pasaría con unos familiares que habían ido a visitar a una tía del lado Oeste del nuevo muro que, horas después, tenían prohibido traspasar. “El gobierno comunista no vio otra solución para evitar que se desangrara su país y construyó este maldito muro en una noche del sábado al domingo. En ese momento fueron separadas muchísimas familias”, inclusive la de esta ex intérprete de la Embajada de Uruguay en Berlín Oriental, como ella misma lo relató a El Observador.
Mario Dotta, profesor de Historia Contemporánea en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República (UdelaR) e investigador especializado en el socialismo real, recordó que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) comenzó a impedir el abastecimiento por el corredor aéreo que separaba a las dos Alemanias y la fricción entre “las dos vidrieras” hacía inminente que se produjera un estallido de fuego y sangre entre dos organizaciones sociales y dos concepciones del hombre y del mundo antagónicas: por el Oeste, libertad y abundancia de bienes materiales; por el Este, igualdad esencial (aun cercenando la libertad). 
Tres millones de ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA), especialmente profesionales, habían dejado el territorio oriental desde fines de la segunda guerra mundial. La barrera “protectora antifascista” vino a detener el flujo de emigrantes y de contrabando, entre otras cosas, de pantalones de jeans y a retenerlos, si era necesario, con disparos a lo largo de 155 kilómetros vigilados al milímetro. “En momentos previos al muro de Berlín y a la caída del socialismo de Alemania Oriental (el régimen) se había transformado en algo policial”, manifestó Motta. Cerca de 200 personas murieron al intentar escapar a la República Federal Alemana (RFA) y se estima que más de 100.000 ciudadanos de la RDA trataron de hacer una rendija, un túnel y hasta un globo y pasar sin ser vistos por los guardias que tenían la orden de matar.
La lejanía con la familia, la amenaza permanente de espionaje y la alta de libertades(ver testimonios en páginas 4 y 5) condujeron al cúmulo de odio y al martillazo que abrió el primer boquete en el muro de Berlín 28 años después de su edificación. ¿Pero el mundo aprendió la lección que le dejó esta cicatriz?

DETRÁS DE LA CORTINA. “El socialismo real poco tuvo que ver con Karl) Marx”, declaró Dotta. Hizo tal afirmación para contradecir a quienes vieron en la caída del muro de Berlín el día que comenzó el fracaso del marxismo. “Al pueblo no se le movió un pelo. Al contrario, el pueblo saluda y contribuye (a la desaparición de la URSS). Por lo tanto, era un régimen divorciado del pueblo. Cosa impensable en un proyecto marxista”, relató a El Observador. La desconexión entre gobierno y pueblo era un pecado que se arrastraba desde los tiempos de Joseph Stalin, muerto en 1953.
Marx proponía un mundo nuevo con la extinción del Estado que se trocaría por organismos administrativos y de las clases sociales, con una racionalidad productiva y distributiva democrática y libertaria, para hombres buenos. Según Dotta, “los hombres que convirtieron la doctrina de Marx en doctrina de partido se olvidaron de la evolución del hombre”. El resultado, a su juicio, fue un régimen con una ideología política convertida en religión fanática, con un fuerte culto a la personalidad, opresivo y mentiroso, que se escudaba en la eliminación de la propiedad privada, pero que reservaba las mejores propiedades, servicios y alimentos para los miembros del gobierno. 
El investigador en filosofía política Pablo Romero sostuvo que la gran lección de la caída del muro de Berlín -y de todo el siglo XX- es que “no hay igualdad posible sin libertades”, pero a 20 años de este hecho histórico, en su opinión, “la guerra fría sigue latente porque este dilema aún no fue resuelto”.

Extrañeza oriental

Mientras que el mundo asistía al crac del socialismo real, en Uruguay pasaba una cosa rara, a juicio del historiador y politólogo Jaime Yaffé. El Partido Comunista (PCU) conseguía una votación histórica en las elecciones de 1989 y se transformaba en el sector más importante del Frente Amplio. Con efecto retardado, se desmembraría tres años después y, en los siguientes comicios, quedaría relegado a una condición minoritaria.
No es correcto decir que sufrió una consecuencia inmediata. El éxito de 1989 fue capitalizar para sí el crecimiento del partido, dijo Yaffé a El Observador. Las virtudes de la estrategia electoral incluido el Profesor Paradoja se basaron en una presentación del sector más como fuerza frenteamplista que comunista. Logró que el mundo no se le metiera adentro, agregó el experto. El auge del PCU terminó siendo transitorio.

NUEVO MUNDO, MISMO PROBLEMA. Los súbitos hechos del 9 de noviembre de 1989 y el posterior descalabro de la URSS hicieron borrón y cuenta nueva en el planisferio que dibujaban los escolares desde 1945.
“Fue un cambio en el orden político mundial mayúsculo”, definió el historiador y politólogo del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la UdelaR, Jaime Yaffé.
Estados Unidos, líder del bloque occidental, asumía el mando de un mundo, ya no bipolar, sino unipolar, y la supuesta tarea de vigilancia de la democracia, la libertad y la justicia revalorizadas a partir de la caída del muro de Berlín como única superpotencia planetaria. Las intervenciones militares en Panamá (1989), Irak (1991), Somalia (1992), Haití (1994),Bosnia (1995) y Kosovo (1999) sirvieron para consolidar su imagen de estabilizador incluso en los ambientes más hostiles. 
“Sin contrapesos, podía imponer una hegemonía amplia y libre, pero los años posteriores demostraron que este pronóstico estaba errado”, señaló Yaffé. Francis Fukuyama había propuesto el fin de la Historia con el triunfo de la democracia liberal. Romero recordó que, en una primera instancia, EEUU parecía haber ganado “la autorización moral” de erigirse como la única ideología debido a lo que el derrumbe del muro dejó ver detrás de la cortina de hierro, un régimen de opresión y muerte. Empero, la ilusión de paz de Fukuyama fue efímera porque se olvidó de la única constante de todas las posguerras: el hombre.  
La estructura geopolítica resultante a fines del siglo XX pasó a caracterizarse por el desorden y, cerrada la grieta que atravesaba Alemania, Occidente y Oriente abrieron nuevos focos de tensión, ya no entre capitalismo y comunismo, sino en palabras de George W. Bush entre “nosotros y los terroristas”. “El atentado a las torres gemelas en 2001 fue la materialización de que EEUU no podía mantener el orden solo”, completó Yaffé. El yihadismo ocupó el lugar de enemigo que la URSS había dejado vacante.
Romero retomó el célebre postulado del choque de las civilizaciones de Samuel Huntington, ahora por conflictos más culturales que ideológicos. “Occidente contra Oriente en bloque sigue siendo la misma política de generar enemigos”, afirmó a El Observador.  
A juicio de Romero, las democracias liberales occidentales no pudieron satisfacer las exigencias de libertad, justicia social y derechos humanos que la humanidad reclamó tras la caída del muro de Berlín, como tampoco el sistema capitalista -modelo del bando “vencedor”- pudo mantenerse invicto ante un adversario que se gestó en su interior. “La reciente crisis económica de EEUU alimenta que el capitalismo desenfrenado tampoco es buen puerto para las libertades, o para cortar las brechas sociales”, afirmó el profesor de filosofía. 
Como contrapropuesta, Romero sostuvo que el desafío del siglo XXI es lograr una síntesis entre liberalismo y socialismo, una economía de mercado con un Estado interventor pero moderado, al estilo de las socialdemocracias modernas que buscan conjugar la libertad individual, la libertad del mercado económico y una redistribución social más justa. Exactamente como si corriera por el medio de una de las mayores vergüenzas del ser humano y para derribar otras que todavía siguen en pie.