martes, 12 de mayo de 2009

Los motivos de Rodó

En este 2009, se celebran los 100 años de la publicación de Motivos de Proteo, una de las obras más importantes de José E. Rodó. Un centenario que se transforma en una excusa más que válida para retomar la lectura de uno de los pensadores más influyentes en nuestras tierras latinoamericanas en las primeras décadas del siglo XX. Y es, precisamente, tras retomar la lectura de Rodó (particularmente de sus dos obras centrales: Ariel y Motivos de Proteo) que quiero señalar -muy sintética y llanamente- una serie de puntos que, considero, son rescatables y positivamente vigentes de la obra de Rodó.

1. La idea de integración hispano-latinoamericana, desde valores culturales, intelectuales, axiológicos, estéticos, vinculados a nuestra cultura latina originaria, a nuestras raíces helénicas y la ética de amor al prójimo del cristianismo (desprovista esta tradición de toda connotación “divina”, trascendental). Creo que esta mirada sobre la integración latina es absolutamente saludable y defendible frente a otros dos modelos actuales dominantes de integración latinoamericana: la meramente economicista (como la del Mercosur, que incluso falla en ese terreno de la integración económica) y la de “identidad por oposición a un enemigo en común” como la que se propone desde la visión “bolivariana” al estilo Chávez. En Rodó, por el contrario, se apunta a la integración desde lo axiológico y estético, y en torno a una tradición humanística que, a su vez, apunte a la propia responsabilidad de quienes conducen o deben conducir los países de nuestra región, en la medida de que el problema primeramente es cultural y nuestro -y aunque Rodó critica duramente a la cultura anglosajona, no los culpa de lo que finalmente aquí sucede o no sucede, en tanto entiende que el primer y fundamental escollo somos nosotros mismos-.
2. La idea de participación del intelectual en la esfera pública, sobre todo de la juventud. Punto crucial, sobre todo en sociedades tendientes a la gerontocracia como las nuestras, con una juventud que tardíamente se inicia en la vida pública y tiene escasa incidencia en las decisiones comunitarias más importantes.

3. Defensa de los valores democráticos y la tolerancia. Aquí hay dos puntos centrales: primero, la idea de generar una democracia que esté a resguardo tanto de los valores aristocratizantes como los provenientes de la “mediocracia” de las mayorías, sostenidos desde las mayorías compactas y homogéneas. Luego, la idea de que la empresa democrática en su búsqueda de igualdad debe ir acompasada de políticas que aseguren la selección cultural de una clase política-intelectual dirigente formada en valores humanistas, que contemple la tolerancia de ideas como uno de los elementos primordiales (sobre esto último, nada mejor que leer el debate sobre la quita de los crucifijos de los hospitales que tuvo Rodó con Pedro Díaz y que aparece recogido en su obra Liberalismo y Jacobinismo).

4. La defensa de una mirada y formación universalista, que incluya una educación no meramente especializada y utilitaria. Al respecto -pensando en este punto como una crítica muy actual a nuestras instituciones universitarias- alcanza con ver el aislamiento intelectual que se genera en nuestras universidades –sobre todo en las Humanísticas y particularmente en los departamentos de Filosofía- a partir del surgimiento de “especialistas” -alejados de la “esfera pública”, sin ninguna incidencia en ella - y la disección del saber en grados casi de reducción al absurdo -y el consecuente descarte de corrientes filosóficas en el marco de la ausencia de una mirada más holística sobre el conocimiento, que permita la diversidad latente en lo universal-.

5. El amor como guía política. Frente a una política maniqueísta, que genera ideologías de “amigos” y enemigos”, simples y cómodas dicotomías de “buenos” y “malos” -con la consabida ausencia de debate de ideas y falta de tolerancia para posibilitar el sano dialogo democrático, aterrizando finalmente en meras prácticas “maquiavélicas”-, el rescate rodoniano del amor, el desinterés y la independencia como guía para la práctica política resulta tan ingenua y demodé como necesaria en estos tiempos que corren (y que han corrido, lamentablemente, a lo largo del siglo XX).

6. Apelación a las fuerzas individuales, a la búsqueda de realización y perfeccionamiento interior. Una mirada en tono vitalista que preconiza el cultivo del mundo interior como preámbulo necesario de todo aporte comunitario saludable (y es esta la idea central, precisamente, de Motivos de Proteo)

7. Retomar la idea del ocio “noble”. Es cierto que para que la cultura helénica fuera lo que fue, para que Aristóteles discurriera sobre casi todo lo existente, contaban con una práctica esclavista y los ciudadanos de esa democracia tan admirada eran una pequeña minoría, una elite que podía permitirse el ocio “creativo”, el ocio “noble”, pero aún así la arenga de Rodó a no descuidar –ni siquiera por la excusa del trabajo- la “meditación intelectual” es otro punto de absoluta y necesaria actualidad, particularmente en tiempos en donde el poco tiempo libre que tenemos –entre tantas obligaciones y el desenfrenado vértigo de la vida del siglo XXI en la aldea global- muchas veces se consume en enlatados televisivos o pasatiempos para no pensar, para no pensarnos.

En fin, este esbozo muy particular, sintético y al vuelo de siete puntos de actualidad en Rodó, pretende disparar la reflexión e invitar a acercarse a la lectura de un autor que aún tiene mucho por dar y que, sin embargo, ha pasado a formar parte del museo del olvido. Volver a ponerlo en el ruedo, pensar algunos aspectos de la actualidad inmediata a partir de su obra es un conveniente desafío por asumir.